La Fotografia

Y la Telegrafía del Pensamiento

La acción fisiológica de individuo, con o sin contacto, es un hecho incontestable. Esta ac­ción no puede evidentemente ejercerse más que por medio de un agente cuyo receptáculo es nuestro cuerpo y cuyos principales órganos de emisión y dirección son nuestros ojos y nuestros dedos. Este agente invisible es por fuerza un fluido. ¿Cuál es su naturaleza, cuál su esencia, cuales sus propiedades íntimas? ¿Es un fluido especial, o bien una modifica­ción de la electricidad o de cualquier otro flui­do conocido? ¿Es el fluido nervioso? ¿No es el que designamos hoy bajo el calificativo cósmi­co, cuando está esparcido por la atmósfera, y con el fluido periespiritual, cuando está individualizado? Esta cuestión es, pues, del todo secundaria.

Como la luz, la electricidad y el calórico, el fluido periespiritual es imponderable. En su estado normal, es invisible para nosotros, y sólo por sus efectos se revela; pero se hace visible en el estado de sonambulismo lúcido, y aun en el de vela para las personas dotadas de doble vista. En estado de emisión, se pre­senta bajo la forma de hacecillos luminosos, bastante semejantes a luz eléctrica derrama­da en el vacío, y a esto es a lo que se limita su analogía con el fluido últimamente indica­do, puesto que no produce, cuando menos, de una manera ostensible, ninguno de los fenó­menos físicos que conocemos. En estado ordi­nario, refleja tintes diversos según los indivi­duos de los que emana. Ora rojo pálido, ora verduzco o pajizo, como una ligera bruma por punto general, derrama sobre los cuerpos cir­cunvecinos un matiz amarillento más o menos pronunciado.

Las relaciones de los sonámbulos y de los videntes son idénticas sobre este particular. Tendremos ocasión de volver a ocuparnos de él al hablar de las cualidades impresas al fluido por el móvil que lo pone en ejercicio y por el adelanto del individuo que lo emite.

Ningún cuerpo le es obstáculo; los penetra y atraviesa todos y ninguno hasta ahora se conoce que sea capaz de aislarlo. Sólo la vo­luntad puede extender o restringir su acción, y la voluntad es, en efecto, su principio acti­vo más poderoso, y por medio de ella se diri­gen sus efectivos a través del espacio, se le acumula a voluntad sobre un punto dado; se saturan ciertos objetos o bien se le retira de los lugares en que es excesivo. Digamos de paso que en este principio está fundada la potencia magnética. Parece, en fin, ser el ve­hículo de la visión psíquica, como el fluido luminoso es de la visión ordinaria.

Aunque proceda de un origen universal, el fluido cósmico se individualiza, por decirlo así, en cada ser y adquiere propiedades carac­terísticas que permiten distinguirlo entre los otros, y según hemos tenido ocasión de con­vencernos de ello, ni siquiera la muerte des­truye semejantes caracteres de individualiza­ción, que subsisten por espacio de muchos años después de la cesación de la vida. Cada uno de nosotros tiene, pues, su fluido propio que le rodea y le sigue en todos sus movi­mientos, como la atmósfera sigue a cada pla­neta. La extensión de la irradiación de esas atmósferas individuales es muy variable; en un estado de reposo absoluto del espíritu, se­mejante irradiación puede estar circunscrita a un límite de algunos pasos; pero bajo el impe­rio de la voluntad, puede abarcar distancias infinitas; parece que la voluntad dilata el flui­do como el calor dilata el gas. Las diferentes atmósferas particulares se encuentran, se cru­zan y se mezclan sin confundirse nunca, dis­tintas, a pesar de la multitud de sonidos que simultáneamente conmueven el aire. Puede, pues, decirse, que cada individuo es el centro de una onda fluídica cuya extensión está en razón de la fuerza de vibración. La voluntad es la causa propulsiva del fluido, como el cho­que es la vibrante del aire y propulsiva de las ondas sonoras.

De las cualidades particulares de cada flui­do, resulta entre ellos una especie de armonía o discordancia, una tendencia a unirse o a rechazarse, una atracción o una repulsión, en una palabra, las simpatías o las antipatías que con frecuencia se experimentan sin cau­sas determinantes conocidas. Al encontrarse en la esfera de actividades de un individuo, su presencia nos es revelada, a veces, por la impresión agradable o desagradable que de su fluido sentimos. Al hallarnos en medio de per­sonas cuyos sentimientos no participamos, cuyos fluidos no se armonizan con los nues­tros, nos oprime una reacción penosa, y allí nos encontramos como una disonancia en un concierto. Si por el contrario, muchos indivi­duos se encuentran reunidos con comunidad de miras y de intenciones, los sentimientos de cada uno se exaltan en proporción de la masa de las potencias que reaccionan. ¿Quién no conoce la fuerza arrebatadora que domina a las aglomeraciones en que hay homogeneidad de pensamientos y de voluntad? No podría­mos figurarnos a cuántas influencias estamos sometidos, aun a pesar nuestro.

Esas influencias ocultas, ¿no pueden ser, la causa que provoca ciertos pensamientos, aquellos pensamientos que nos son comunes en un mismo instante con ciertas personas; esos vagos presentimientos que nos hacen exclamar: ¿Hay algo en la atmósfera que pre­sagia tal o cual suceso? En fin, ciertas inde­finibles sensaciones de bienestar o incomodi­dad moral, o de certeza, ¿no serán efecto de la reacción del medio fluídico en que estamos, de los efluvios simpáticos o antipáticos que reci­bimos y que nos rodean como en las emana­ciones de un cuerpo odorífico? No podemos declararnos en absoluto por la afirmativa en estas cuestiones; pero se convendrá, cuando menos, en que la teoría del fluido cósmico, individualizado en cada ser bajo el nombre de fluido periespiritual, abre un campo del todo nuevo a la solución de una multitud de pro­blemas hasta ahora inexplicados.

Cada uno, en su movimiento de traslación, arrastra, pues, consigo su atmósfera fluídica, como el caracol carga su concha; pero ese flui­do deja huellas de su paso; deja como un sur­co luminoso inaccesible a nuestros sentidos, en estado de vela, pero que sirve a los sonám­bulos, a los videntes y a los espíritus desencarnados para reconstruir los hechos realiza­dos y analizar el móvil que los hizo ejecutar.

Toda acción física o moral, patente u ocul­ta, de un ser sobre sí mismo o sobre otro, supone, por un lado, una potencia que obra, y por otro, una sensibilidad pasiva. En todas las cosas dos fuerzas iguales se neutralizan, y la debilidad cede a la superioridad. No estan­do, pues, dotados todos los hombres de la misma energía fluídica, o de otra manera, no teniendo en todos el fluido periespiritual la misma potencia activa, esto nos explica por qué, en algunos, esta potencia es casi irresis­tible al paso que es nula en otro: porque cier­tas personas son muy accesibles a su acción, al paso que otras son muy refractarias.

Esta superioridad e inferioridad relativa dependen evidentemente de la organización; pero se incurriría en error si se creyese que están en razón de la fuerza o de la debilidad física. La experiencia prueba que los hombres más robustos sufren a veces más fácilmente las influencias fluídicas que otros de una constitución mucho más delicada, al paso que a veces se encuentra en estos últimos una potencia que su débil aspecto no hubiese po­dido hacer que se sospechase. Esta diversidad en el modo de obrar puede explicarse de va­rias maneras.

La potencia fluídica aplicada a la acción re­cíproca de unos hombres sobre otros, es decir, el magnetismo, puede depender: 1°, de la suma de fluido que cada uno posee; 2°, de la naturaleza intrínseca del fluido de cada uno, haciendo abstracción de la cantidad; 3°, del grado de energía de la fuerza impulsiva y acaso de estas tres causas reunidas.

En la primera hipótesis, el que tiene más fluido daría al que tiene menos en mayor can­tidad de la que recibiría. En este caso, habría analogía perfecta con el cambio de calórico que hacen entre sí dos cuerpos que se ponen en equilibrio de temperatura. Cualquiera que sea la causa de la diferencia, podemos darnos cuenta del efecto que produce, suponiendo tres personas cuya potencia fluídica represen­taremos por los números 10, 5 y 1. El 10 obrará sobre el 5 y 1; con más energía sobre 1 que sobre 5; 5 obrará sobre 1, pero será impotente sobre 10; en fin, 1 no obrará ni sobre 5 ni sobre 10. Esta sería la razón de que ciertos sujetos fuesen sensibles a la ac­ción de tal magnetizador e insensibles a la de otro.

Puede también explicarse, hasta cierto punto, semejante fenómeno, aplicando las con­sideraciones precedentes. Hemos dicho, en efecto, que los fluidos individuales son simpá­ticos unos para con otros. ¿No podría, pues, suceder, que la acción recíproca de los indivi­duos estuviesen en razón de la simpatía de los fluidos, es decir, de su tendencia a confundirse por una especie de armonía, como las ondas sonoras producidas por los cuerpos vi­brantes? Es indudable que esta armonía o simpatía de los fluidos es una condición, si no absolutamente indispensable, cuando menos, muy preponderante, y que habiendo disonan­cia o antipatía, la acción sólo puede ser débil y aun nula. Este sistema nos explica las con­diciones anteriores de la acción, pero no nos dice de qué lado está la potencia, y admitién­dolo, nos vemos obligados a recurrir a nuestra primera suposición.

Por lo demás, nada indica que el fenómeno se verifique en virtud de una o de otra causa. El hecho existe, esto es lo esencial: los de la luz se explican igualmente por la teoría de la emisión y por la de las ondulaciones; los de la electricidad por los fluidos positivos y negati­vos, vítreo y resinoso.

La fotografía y la telegrafía del pensamien­to, son cuestiones que hasta el presente, ape­nas si se han tratado. Como todas las que no tienen relación con las leyes, que, por esencia, deben ser universalmente divulgadas han sido relegadas a la segunda fila, aunque su importancia sea capital y los elementos de estudio que entrañan estén llamados a acla­rar muchos problemas que, hasta hoy, carecen de solución.

Cuando un artista de talento pinta un cua­dro, obra magistral a la que consagra todo el genio que progresivamente ha ido adquirien­do, traza ante todo a grandes rasgos el cro­quis, de modo que se comprende por el bos­quejo todo el partido que espera sacar. Sólo después de haber elaborado minuciosamente su plan general, procede a la ejecución de los detalles, y aunque el último trabajo exija ser tratado con más esmero quizá que el bosque­jo, sin haberle procedido éste, sería, empero, imposible del otro. Lo mismo sucede en Espi­ritismo. Las leyes fundamentales, los princi­pios generales cuyas raíces existen en el espí­ritu de todo ser creado, debieron ser elabora­dos desde el comienzo. Todas las otras cues­tiones, cualesquiera que ellas sean, dependen de las primeras, y esta es la razón por qué durante cierto tiempo, se descuida su estudio directo.

En efecto, no puede lógicamente hablarse de fotografía y telegrafía del pensamiento antes de haber demostrado la existencia del alma, que maneja los elementos fluídicos, y la de los fluidos, que permiten que se establez­can relaciones entre dos almas distintas. Y aun hoy, apenas estamos suficientemente ilus­trados para la definitiva elaboración de estos inmensos problemas. Sin embargo, algunas consideraciones capaces de preparar un estu­dio más completo, no estarán por cierto fuera de lugar en estas páginas.

Siendo el hombre limitado en sus pensamientos y aspiraciones, y circunscritos sus ho­rizontes, le es forzosamente necesario concre­tar y designar todas las cosas, para conservar de ellas un recuerdo apreciable, y basar en datos ya adquiridos sus futuros estudios. Las primeras nociones del conocimiento las recibe por el sentido de la vista; la imagen del objeto es la que hace saber que el objeto existe. Co­nociendo muchos, haciendo inducciones de las diferentes impresiones que producen en su ser íntimo, ha fijado la quintaesencia de ellos en su inteligencia por medio del fenómeno de la memoria. ¿Y qué es la memoria sino una especie de álbum más o menos voluminoso, que hojeamos para volver a encontrar las ideas borradas y constituir de nuevo los acon­tecimientos transcurridos? Este álbum tiene señales en los lugares notables; inmediata­mente recordamos ciertos hechos, mientras que para otros no es preciso hojear mucho.

¡La memoria es como un libro! Los libros de los que leemos con placer ciertos pasajes, ofrecen fácilmente a nuestros ojos semejantes pasajes; las hojas vírgenes o pocas veces leí­das, han de ser pasadas una tras otra para que ofrezcan el hecho en que nos hemos fija­do poco.

Cuando es espíritu encarnado recuerda, su memoria le presenta la fotografía en cierto modo del hecho que busca. En general, los en­carnados que le rodean nada distinguen; el álbum está en un lugar con nosotros y en ciertas circunstancias pueden intencionadamente favorecer nuestra investigación o perturbarla.

Lo que acontece de encarnado a espíritu, tiene igualmente lugar de espíritu a vidente. Cuando se evoca el recuerdo de ciertos hechos en la existencia de un espíritu, lo fotografía de estos hechos se presenta a él, y el vidente, cuya situación espiritual es análoga a la del espíritu libre, ve como él; y aun en ciertas circunstancias lo que el espíritu no ve por sí mismo, exactamente como un desencarnado sin que éste tenga conciencia de ello, y recor­darle hechos olvidados hace mucho tiempo. En cuanto a los pensamientos abstractos, por lo mismo que existen, toman un cuerpo para impresionar el cerebro, deben obrar natural­mente en él y esculpirse hasta cierto punto. También en este, como en el primer caso, la semejanza entre los hechos que existen en la tierra y en el espacio parece perfecta.

El fenómeno de la fotografía del pensa­miento ha sido objeto de muchas reflexiones en la «Reveo Spirite», y para mayor claridad reproducimos aquí, algunos pasajes del artícu­lo a este estudio consagrado, completándolos con nuevas experiencias.

Siendo el fluido el vehículo del pensamien­to, éste obra en los fluidos como el sonido en el aire; nos aporta el pensamiento como el aire nos aporta el sonido. Puede, pues, decir­se con toda verdad, que hay, en los fluidos ondas y rayos sonoros.

Hay más aún: cuando el pensamiento crea «imágenes fluídicas», se reflejan en la envol­tura periespiritual como en un espejo, y como esas imágenes de objetos terrestres que se reflejan en los vapores del aire; toma en dicha envoltura un cuerpo y se «fotografía» en ella hasta cierto punto. Si un hombre, por ejem­plo, concibe la idea de matar o otro, por im­posible que esté su cuerpo material, el fluí­dico es puesto en acción por el pensamiento, del que reproduce todos los matices; ejecuta fluídicamente el gesto, el acto que tiene inten­ción de realizar; su pensamiento crea la ima­gen de la víctima, y toda la esencia se pinta, como en un cuadro, del mismo modo que está en su espíritu.

Así es cómo los más secretos movimientos del alma se repercuten en la envoltura, y cómo un alma puede leer en otro alma como en un libro, y ver lo que no es perceptible por los ojos del cuerpo. Estos ven las impresiones interiores que se reflejan en la fisonomía; pero el alma ve en el alma los pensamientos que no se traducen al exterior.

Sin embargo, si viendo la intención, el alma puede presentir el cumplimiento del acto que le seguirá, no puede, empero, de terminar el momento en que se realizará ni precisar los pormenores, ni siquiera afirmar que tendrá lugar porque circunstancias ulte­riores pueden modificar los planes concebidos y cambiar las disposiciones. No puede ver lo que aun no está en el pensamiento: lo que ve es la preocupación del momento o habitual del individuo, sus deseos, sus proyectos, sus intenciones buenas o malas; y de aquí los errores en las previsiones de ciertos videntes. Cuando un acontecimiento está subordinado al libre albedrío de un hombre, aquellos no pueden más que presentir la probabilidad, a partir del pensamiento que ven; pero no afir­mar que tendrá lugar de tal manera y en tal momento. La mayor o menor exactitud en las previsiones depende, por otra parte, de la ex­tensión o de la claridad de la vista psíquica. En ciertos individuos, espíritus o encarnados, está limitada a un punto, o es difusa, al paso que en otros es clara y abarca el conjunto de pensamientos y voluntades que han de concu­rrir a la realización de un hecho. Pero por encima de todo, está siempre la voluntad su­perior que puede, en su sabiduría, permitir una revelación o impedirla. En este último caso, es corrido un velo impenetrable ante la vista psíquica más perspicaz.

La teoría de las creaciones fluídicas, y, por consiguiente, de la fotografía del pensamien­to, es una conquista del Espiritismo moderno, y puede en adelante considerarse como adquirida en principio, salvo las aplicaciones de detalle que serán resultado de la observación. Este fenómeno es incontestablemente origen de las visiones fantásticas, y debe desempe­ñar un importante papel en los sueños.

Creemos que ahí puede encontrarse la ex­plicación de la mediumnidad en el vaso de agua magnetizada. Toda vez que el objeto que en vaso se ve no puede estar en éste, el agua debe hacer el oficio de un espejo que refleja la imagen creada por el pensamiento del espíri­tu, cuya imagen puede ser la reproducción de una cosa real como la de una creación de la fantasía.

¿Quién es el que sabe en la tierra la mane­ra como se produjeron los primeros medios de comunicación del pensamiento? ¿Cómo fueron inventados, o mejor, encontrados? Porque nada se inventa, todo existe en estado laten­te. A los hombres toca buscar los medios de poner en acción las fuerzas que ofrece la naturaleza. ¿Quién sabe el tiempo que fue menester para emplear la palabra de un modo completamente inteligible?

El primero que dio un grito inarticulado, tenía indudablemente cierta conciencia de lo que quería expresar; pero aquellos a quienes se dirigía, nada comprendieron en el primer momento, y sólo al cabo de una larga serie de tiempo existieron palabras convenidas, luego frases a las que se prestó atención, y final­ mente discursos enteros. ¡Cuántos miles de años no se han necesitado para llegar al pun­to en que se encuentra hoy la humanidad! Cada progreso en el modo de comunicación, de relación entre los hombres, ha sido cons­tantemente señalado por un mejoramiento en el estado social de los seres. A medida que las relaciones del individuo a individuo se estre­chan, se regularizan, siéntese la necesidad de un nuevo modo de lenguaje más rápido, más capaz de poner a los hombres en relación instantáneamente y de una manera universal. ¿Por qué lo que tiene lugar en el mundo mo­ral, de encarnado a encarnado, por medio de la telegrafía humana? ¿Por qué las relaciones ocultas que unen más o menos consisten­temente los pensamientos de los hombres y de los espíritus por medio de la telegrafía es­piritual no han de generalizarse de un modo consciente entre los hombres?

¡La telegrafía humana! He aquí lo que pro­vocará la risa de los que se nieguen a admi­tir todo lo que no impresiona los sentidos materiales. Pero, ¿qué importan las burlas de los presuntuosos? Todas sus negaciones no impedirán que las leyes naturales sigan su curso y encuentren nuevas aplicaciones, a medida que la inteligencia humana esté en disposición de percibir sus efectos.

El hombre tiene una acción directa así so­bre las cosas como sobre las personas que le rodean. A menudo una persona de la que poco caso se hace, ejerce una influencia decisiva sobre otras que tienen una reputación muy superior.

Depende esto de que, en la tierra, se ven más caretas que caras, y de que los ojos están deslumbrados por la vanidad, el interés perso­nal y todas las malas pasiones. La experiencia demuestra que puede obrarse en el espíritu de los hombres a pesar suyo. Un pensamiento su­perior, «fuertemente pensado», permítaseme la expresión, puede, pues, según su fuerza y ele­vación, impresionar más o menos lejos a hom­bres que ninguna conciencia tienen del modo cómo a ellos ha llegado, de la misma manera que el que lo emite no tiene conciencia del efec­to producido por su emisión. Este es un funcio­namiento constante de las inteligencias huma­nas y de su acción recíproca.

Unid a esto la acción de los desencarnados, y calculad, si podéis, la potencia incalculable de esa fuerza compuesta de tantas otras reunidas.

¡Si se pudiese sospechar el mecanismo in­menso que el pensamiento pone en juego, y los efectos que produce de individuo a indivi­duo, de grupo a grupo, y la acción universal de los pensamientos de unos hombres sobre otros, quedaríamos deslumbrados! Nos senti­ríamos anonadados ante esa infinidad de de­talles, ante esas innumerables redes enlaza­das entre sí por una poderosa voluntad, y obrado armoniosamente para alcanzar un ob­jeto único: el progreso universal.

Por medios de la telegrafía del pensamien­to el hombre apreciará en todo su valor la ley de la solidaridad, reflexionando que no hay un pensamiento, sea criminal, sea virtuoso, que no tenga una acción real sobre el conjun­to de pensamientos humanos y sobre cada uno de ellos. Y si el egoísmo le hiciese desco­nocer las consecuencias para otro de un pen­samiento perverso que le sea personal, será inducido por- ese mismo egoísmo a pensar bien, para aumentar el nivel moral general, pensando en las consecuencias que a él le re­sultarán del pensamiento malo de otro.

¿No son consecuencias de la telegrafía del pensamiento esos choques misteriosos que proceden de la alegría o sufrimiento de una persona querida, alejada de nosotros? ¿No debemos a un fenómeno del mismo género los sentimientos de simpatía o repulsión, que nos arrastran hacia ciertos espíritus y nos alejan de otros?

Ciertamente es este un campo inmenso para el estudio y la observación; pero del que sólo los contornos será consecuencia de un co­nocimiento más completo de las leyes que ri­gen la acción de unos fluidos sobre otros.

Allan Kardec

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