“La verdadera oración reside en un sentimiento de elevación hacia Dios; es una expansión del alma, una conversación profunda, una reflexión sincera que nos conecta con las fuerzas superiores del Universo”
Albert Alcoverro
La oración es la elevación del pensamiento y del sentimiento por encima de las preocupaciones materiales, es la ascensión del alma para entrar en relación con la realidad espiritual que se manifiesta en una vibración superior, de la cual el espíritu se alimenta. Es un descanso para el alma que se agita en un mundo de tentaciones y de indiferencia moral. Es nuestra forma de hablar con Dios, con los espíritus protectores y con aquellos seres desencarnados a los cuales nos unen lazos de amor.
La fuerza y la potencia de la oración no depende de las palabras, ni del momento, ni del lugar donde se realice, sino de la calidad del pensamiento que somos capaces de generar mientras la realizamos, de la profundidad, la sinceridad y la calidad de los sentimientos que podemos imprimir en ese momento y de las circunstancias que puedan propiciar un buen recogimiento para elevar nuestro pensamiento lo más lejos posible. Por esta razón, la oración que se realiza en grupo, obtiene mejores resultados, generando un pensamiento de gran potencia, cuando todos los individuos que participan se unen en un sentimiento profundo, dirigido hacia un objetivo común. La potencia de la plegaria en estas condiciones se multiplica sin límites, llegando su influencia hasta distancias insospechables.
La oración hecha con verdadero sentimiento, con confianza y con fe, es una invocación a los buenos espíritus que concurren a socorrernos en nuestras buenas resoluciones, inspirándonos el bien, a través del pensamiento, concediéndonos valor, paciencia y resignación para resistir con convicción ante las pruebas y circunstancias adversas de la vida, proporcionándonos los medios para salir airosos ante las dificultades por las que debemos atravesar, con la ayuda recibida a través de sus intuiciones y sugerencias. De esta manera obtenemos la fuerza moral y el apoyo necesario para vencer toda dificultad, para encauzarnos en el camino del bien y para apartarnos de los males y las penas que por nuestra propia naturaleza podemos atraer. Bien es verdad que no puede ahorrarnos los sufrimientos o los padecimientos intrínsecos que estas circunstancias comportan, pues son sufrimientos provocados por nuestros propios excesos; aunque sí podemos conseguir, a través de ella, si oramos con fe y fervor, recibir la ayuda, el valor y la asistencia de los buenos espiritas para que nos ayuden a superarlas con fe.
La oración es, también, un sentimiento de humildad y profunda devoción, que debe observarse en el análisis y reconocimiento de las propias faltas y errores, y no en el análisis de las faltas ajenas. Antes de empezar a orar, es imprescindible estar bien con todos nuestros hermanos, perdonar cualquier ofensa, abandonar cualquier rencor o resentimiento y estar libre de cualquier sentimiento contrario a la Caridad.
Conforma un deber para todo espirita, al despertar cada mañana, en todas las comidas y por las noches, antes de acostarse, elevar el pensamiento y practicar la oración con un profundo sentimiento de valoración y de reconocimiento hacia Dios, por todos los beneficios recibidos.
Es un acto de sincera humildad y agradecimiento por el conocimiento que nos brinda a través del estudio del Espiritismo y de las pruebas y experiencias que las Leyes nos ofrecen en nuestra vida cotidiana, por la oportunidad que representa poder disponer de un nuevo día, por todas las facilidades recibidas, por poder obtener los alimentos necesarios, tanto para el cuerpo, como para el alma, por disfrutar de salud, por tener un puesto de trabajo para procurarlos, pero sobre todo, por la infinita Misericordia y Bondad que nos dispensa, al tolerar nuestras faltas y ofensas ante las Leyes y brindarnos siempre una nueva oportunidad de corregirlas y cambiar lo que las ha provocado. Éste es el verdadero motivo de agradecimiento para los espiritistas, el valorar y reconocer que todas las circunstancias que mal llamamos adversas y los momentos difíciles de la vicia, conforman nuestra mejor experiencia, al mismo tiempo que nos ponen a prueba nos brindan la posibilidad de reparar y de aprender, de formarnos y de practicar los conocimientos que recibimos, representando la fuente principal del conocimiento y del perfeccionamiento. Precisamente, aquello de lo que se de sea huir, las circunstancias que desearíamos esquivar y alejar de nosotros, son lo que más necesitamos y lo que debería estar siempre presente en nuestras plegarias, tanto para agradecer como para solicitar.
La verdadera oración comprende una seria disciplina del pensamiento su valor reside en la profundidad y la concentración que alcancemos a la hora de elevar nuestro pensamiento. Pero de nada sirve esta elevación si sólo se basa en deseos que no son secundados, si no somos consecuentes y no hacemos para que trascienda de plano mental, si no procurarnos para que se materialice en nuestras obras diarias, si no somos capaces de que, nuestros deseos se transformen, por medio de la voluntad y el trabajo personal, en acciones que favorezcan nuestro desarrollo espiritual.
Nuestras buenas obras y nuestros mejores deseos y sentimientos hacia los demás son nuestra mejor oración nuestra mayor garantía de éxito, pues conforman el cumplimiento de nuestro principal deber, como a espíritu encarnados.
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Bibliografía:
Allan Kardec. El Evangelio según el espiritismo.
Editora Amelia Boudet.
Barcelona, 1991.
León Denis. Después de la Muerte.
Extraído de la revista, El Espiritismo
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