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Dos mujeres PDF Imprimir E-mail
Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Sábado, 01 de Agosto de 2009 18:50

I

La mujer es, como el hombre, un espíritu imperfecto, pero perfec­tible. Hace poco tiempo, en un mismo día, vi a dos mujeres que me im­presionaron vivamente. Para ir desde Gracia a Barcelona, tomé asiento en un tranvía, y en pos de mí, subió una joven hermosísima, que se sentó a mi lado. Era al­ta y esbelta, de formas bastante desarrolladas, pero de cintura tan del­gada, que parecía increíble, siendo tan ancha de hombros, y tan abulta­da de caderas, pudiese tener un talle tan flexible y tan gentil.

Blanca y sonrosada, caían sobre su frente con gracioso abandono, unos rubios cabellos rizados y peinados con artístico desaliño, descansando sobre sus hombros luengos rizos; en sus ojos azules relampagueaba cierta expresión entre picaresca y lasciva, y en su boca una de esas sonrisas tentadoras que hacen pecar al más ascético anacoreta.

Un traje de terciopelo negro aumentaba su belleza diabólica, y un sombrerito de graciosa forma, de igual color y tela que su vestido, adornado con larguísima pluma de cisne, completaban el lujoso y ele­gante atavío de aquella infortunada. Y digo infortunada, porque su ai­re desenvuelto, sus maneras provocativas, su semblante picaresco..., todo denunciaba a qué clase pertenecía. Aquella seductora muchacha era una copa de alabastro llena de cieno, a la cual se le podían aplicar versos de Eugenio Sellés: «!Niontón de carne lasciva sobre un espíritu muerto!»

Al llegar a la Plaza de Cataluña, las dos bajamos, y por un breve es­pacio seguimos la misma dirección, ofreciéndome con tal motivo oca­sión de ver una escena que acabó de persuadirme de lo que era aquella vampiresa. Dos jovencillos, dos pisaverdes, exclamaron al verla:

-¡Mira a Lola! ¿A dónde vas, mujer, con tanto rumbo y tanto lujo?

Y uno de los mozalbetes, tirándola bruscamente de uno de los ri­zos, la obligó a lanzar un grito, al cual respondieron ellos con una rui­dosa carcajada. Seguí mi ruta, no sin volver la cabeza, para ver por últi­ma vez a aquella joven, que con toda su elegancia, su belleza y distin­ción, era la mofa de unos adolescentes mal educados que se compla­cían en atormentarla. ¿Qué es la mujer en el colmo de la degradación? El ser más repulsi­vo de la Tierra. ¿De qué le sirve a aquella meretriz su hermosura, su buen gusto en el vestir? ¿De qué todos sus encantos?... Para ser jugue­te del hombre más tirano con la mujer comprada, que el niño con sus caballos de madera. ¡Pobre Lola! En tu seno, que sería fuente de vida si fueses honrada, ningún pequeñuelo calmará su sed.

La mujer que vende su cuerpo, no se pertenece; una fiera tiene el derecho de ser madre; una ramera no puede mirar el cielo en los ojos de su hijo. Una esclava blanca vive más esclavizada que la negra; ésta, por el interés de su dueño, amamanta a su hijo, y mientras le mira, le duerme en sus brazos, escucha sus pri­meras palabras y sorprende sus primeras sonrisas, olvida su esclavitud; pero en el abismo de la prostitución, la mujer se convierte en cosa, su corazón deja de latir al impulso de nobles emociones; su pensamiento se petrifica... Y, ¿qué es la mujer sin sentimiento?, ¿sin el sacerdocio de la maternidad?, ¿sin la aureola del pudor, del candor y de la pureza? Un ser más innoble que el último irracional.

II

Tristemente preocupada, seguí mi camino. Interrumpí mis reflexiones para visitar a una joven casada y madre, que acababa de llegar a Barcelona, hija de una amiga mía. ¡Qué impresión tan dulce sentía ver a la recién llegada! Se llama Ventura, y ventura rebosan sus bellos ojos. Hay algo en su frente que habla al alma; su voz de suavísimo timbre, parece que acaricia; a su la­ do se disfruta de un inexplicable bienestar. Involuntariamente, recordé a Lola y murmuré: «He aquí dos mujeres que parece imposible se hallen animadas de un mismo principio etéreo, de una misma esencia divina. Aquélla tan desenvuelta, tan incitante; ésta tan modesta, tan pudorosa; aquélla, a pesar de su lujo deslumbrante, no puede ocultar los harapos de su alma; ésta, con una sencilla bata gris-violeta, un pa­ñuelo negro que envuelve su talle, y sus negros cabellos recogidos en un abultado rodete, es hermosa como la pureza, como un rayo de luz de la alborada.» Preguntándola si estaba contenta por haber terminado su viaje, me dijo:

-Sí, estoy contenta, porque he visto a mi madre; pero estoy aturdi­da entre tanta gente: me parece que estoy fuera de mi centro. ¡Vivía tan bien en mi retiro!... ¡Llevaba una vida tan tranquila!... Por las no­ches, después que acostaba al niño, me ponía a bordar, y mientras mi esposo me leía algún libro, pasábamos las horas felices.

-Se conoce que eres muy dichosa en tu matrimonio.

-¡Oh, sí, sí! Hace siete años que estoy casada, y nunca hemos teni­do el más leve disgusto. Él siempre procura estar a mi lado; sin mí, no se sabe vestir; desde que me casé, solamente he salido tres veces sin mi esposo. ¡Estoy tan contenta en mi hogar!... En una isla desierta pa­saría yo la vida feliz, sin acordarme del mundo, teniendo a mi madre, a mi esposo y a mi hijo conmigo.

Y al decirlo, Ventura envió a los suyos una mirada dulcísima, acari­ciadora, acompañada de una sonrisa celestial. Mi joven amiga es el tipo perfecto de lo que debe ser la mujer casa­da. Estoy conforme con que las mujeres se instruyan, y si es posible, si­gan una carrera literaria, tomando parte en el movimiento universal de la vida inteligente; pero cuando encuentro una mujer como Ventura, en cuyos ojos se lee un poema de amor; cuando aspiro el perfume de esas almas que exhalan deliciosa fragancia en el recinto de la familia, y que, cual tímidas palomas, no quieren extender el vuelo lejos de su pa­lomar; cuando veo esas mujeres que parece han descendido a la Tierra para recordar al hombre que hay otros mundos mejores, exclamo con íntima convicción: «Estas flores tan delicadas como la pudorosa sensi­tiva, no deben salir de su habitual invernadero: luchen en el mar de la vida los espíritus destinados a la lucha; mas las almas que vienen a son­reír, a gozar de los purísimos afectos familiares, no han de exponerse al embate furioso de las olas: que el huracán de las pasiones humanas deshoja las flores del sentimiento y de la esperanza.

III

Aquel mismo día, después que salí de casa de Ventura, fui a ver a una amiga que rechaza el Espiritismo, niega la comunicación de ultra­tumba y reza ante varias imágenes. Contéle mis impresiones. Cuando una mujer siente mucho, necesita hablar, aunque sea con su sombra. -Vamos a ver -le dije-, explícame qué solución dan tus creencias católicas a esta misteriosa contradicción. Las dos mujeres de que te ha­blo provienen de la omnipotencia de Dios, son hijas de la sabiduría del Eterno, y, sin embargo, mientras Lola es una degradada, corrompida, causa de perdición por su seductora belleza, sin corazón ni sentimien­to, Ventura es un alma angelical, purísima, consagrada al amor de los suyos, sonriendo tranquila bajo la dulce protección de su esposo, y siendo modelo de virtudes. ¿Por qué, si las dos vienen derechamente de la mano del Altísimo, una de ellas es el ángel caído, viviendo entre tinieblas, y la otra el arcángel de la luz? ¿Por qué, si ambas nacieron inocentes, escribe la una su historia con cieno y la otra con divinos res­plandores? ¿En dónde está la justicia de Dios?

-Yo no me meto en esas honduras, ni en esas averiguaciones; acepto las cosas como las he hallado, porque aunque yo cavile, no cambiarán las cosas.

-Pues haces mal, muy mal, por cuanto si no cambia el ser de las co­sas, cambia con el estudio la apreciación que hacemos de ellas. Yo creería que Dios era injusto, si no supiera que el progreso del espíritu es indefinido; yo negaría su justicia, si creyera que Lola no tenía más vida que la presente; pero como creo que su vida es más larga, creo también que el enorme peso de su cruz la abrumará un día, obligándo­la a exclamar: «¡Señor!... ¡Señor!... ¡Yo quiero llegar hasta Ti! ¡El desprecio del mundo me persigue! ¡Soy el árbol maldito que no produce fruto! ¡De mí se alejan el niño y el anciano, y el hombre joven me arrastra a sus or­gías para luego abominarme y maldecidme! ¡Señor!... ¡Señor!... ¿no ha­brá misericordia para mí?» Y alguien le dirá: «¡Levántate y sígueme, que para Dios todos los espíritus son here­deros de su gloria! No hay mancha que no borre la expiación.» Así comprendo que Dios es justo, dando a todos sus hijos el mismo patrimonio: el trabajo y el progreso, y la eternidad como campo de ope­raciones, donde las humanidades libran sus batallas, conquistan sus reinos, que sor¡ los innumerables mundos donde encarnan los espíri­tus para luchar los unos, para enseñar los otros, para reposar aquéllos. Al número de los últimos pertenece Ventura, que por esta vez ha veni­do a la Tierra a sonreír.

Mi pobre amiga se encogió de hombros, se sonrió y me dijo:

-Cada loco con su tema: en cuanto a mí, en teniendo con qué vivir, no me preocupa la suerte de los demás. Adiós, Amalia, que te vaya bien.

IV

Indudablemente, en este planeta nos reunimos multitudes de es­píritus condenados a dolores perpetuos, a trabajos forzados, y es preci­so que empleemos nuestra actividad en mejorar las condiciones de es te presidio. Por mi parte, haré lo posible por engrandecer y purificar mi espíritu. ¡Quiero vivir! ¡Quiero elevarme a la altura mayor que me sea posible! ¡Feliz el alma que viene a este mundo en las condiciones que ro­dean a Ventura! La mujer convertida en pudorosa violeta, exhalando perfumes de amor entre su esposo y sus hijos, es uno de los más her­mosos símbolos de la felicidad terrestre. ¡La mujer que ama es una plegaria viviente, una oración purísima del alma!

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro "Cuentos espiritistas"