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Entre las muchas personas que me visitan, me quedó muy presente la imagen de Teodora Ortiz, una mujer muy simpática, bien educada y muy espiritista. Me prometió escribirme en cuanto llegase a Madrid, y ha cumplido con su palabra, diciéndome en su carta lo siguiente:
“Ya recordará que el día de nuestra entrevista le expliqué, con mi esposo, la persecución de que yo era objeto por de nuestra abuela (abuela de mi marido), la cual hace trece o catorce años que desencarnó, empezando a sentir los efectos de su odio hacia mí al cabo de tres años de estar en el Espacio, continuando desde entonces su persecución con una tenacidad rayana en lo inverosímil, tanto en lo físico como en lo moral, como en los bienes materiales. Tanto es así que de no tener la suerte de haber conocido el Espiritismo, y de entrar en relación con buenos espiritistas, con seguridad que dados los golpes mortales que hemos recibido de dicho Espíritu hubiera sucumbido sin llevar la prueba a feliz término.
“Gracias que tenemos también muy buenos amigos invisibles que nos han dado y nos dan su valioso auxilio, pues de todos necesitamos. Me olvidaba decirle que cuando la cosa está muy apurada, mi hija Inés, que hace tres años desencarnó, cuando iba cumplir dos años, viene a darme vida, pues se conoce que es un Espíritu muy elevado, puesto que con su presencia hace retirar al Espíritu rebelde que me persigue y a mí me da fuerzas que me reponen y me impulsan a perdonar y hasta querer a mi perseguidor.
“Hecha ya la historia a grandes rasgos de lo que me pasa, me atrevo a pedirle un favor que se lo agradeceré eternamente, y es que cuando tenga ocasión consulte con el guía de sus trabajos a ver si le dicen qué hay entre ese Espíritu y yo, qué puede haber entre nuestra abuela y nosotros, qué causa hay en el pasado que da el efecto de un presente tan triste y tan angustioso. Creo que es inútil decirle que no nos mueve la pueril curiosidad ni mucho menos, sino el deseo que tenemos de progresar y de hacer las paces con este pobre Espíritu, pues, si lo llego a conseguir, me consideraré completamente feliz. ¡Sufro tanto!..."
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La carta de Teodora me impresionó profundamente, porque me hizo recordar su relato anterior que era verdaderamente conmovedor, porque tiene la desgracia de ser vidente y ve continuamente a su abuela con las manos tocando a su cuello, queriendo estrangularla. ¡Cuántos misterios! ¡Cuánta sombra guarda la noche del pasado! ... Ante el padecimiento de una familia no he titubeado en preguntar a mis amigos invisibles por qué Teodora tiene que sufrir tanto, y me han contestado lo siguiente:
"Para contestar debidamente a tu pregunta, tendríamos que darte una serie de comunicaciones sobre la historia de Teodora mas, por hoy, nos concretaremos a decirte que cuando el Tribunal del Santo Oficio dictaba sus horribles leyes, uno de sus jueces más poderosos confesaba a lo mejor de la nobleza española, residente en la Corte. En aquella época Teodora era una joven hermosísima, que debía unirse en matrimonio con un hombre digno de ella, y antes de recibir la bendición nupcial fue a confesar sus inocentes pecados con el temible inquisidor, quien a escucharla perdió la razón por completo y juró hacerla suya. A levantarse Teodora se postró ante el confesionario su prometido con quien el confesor empleó sus malas artes para cubrir di infamia la honra inmaculada de Teodora, mas no consiguiendo su villano intento, porque su futuro estaba convencido que su amada era un ángel disfrazado de mujer.
Cambiaron después impresiones los dos enamorados y trataron de efectuar su enlace rápidamente, mas antes de llevarlo a cabo Teodora fue acusada de hereje y la sacaron violentamente de su hogar paterno; pero su prometido, que era un hombre muy influyente, puso en juego todo su poder, empleó grandes sumas en comprar a esbirros carceleros, y Teodora pudo salir de su prisión huyendo al extranjero, donde efectuó su casamiento, lo que enloqueció y puso rabioso a su perseguidor, que no pudo vencer la resistencia de Teodora. Ésta fue dichosa con su esposo pero no pudo volver a España hasta que murió el feroz inquisidor, el cual no se dio cuenta en el Espacio de su muerte; siguió creyendo mucho tiempo que vivía. Odiando y deseando la posesión de Teodora. Volvió el inquisidor a la Tierra y volvió Teodora; vivieron los dos bajo un mismo techo cuando Teodora contrajo matrimonio; su abuela siguió sintiendo por ella incomprensible aversión.
"Dejó al fin la Tierra en la mayor turbación, tardó en darse cuenta de su desencarnación, y cuando reconoció el estado de su Espíritu, redobló su odio hacia Teodora. Materializado por completo le hizo y le hace todo el mal que puede, y gracias que el esposo que tuvo Teodora en su anterior existencia, y que en esta encarnación ha sido su hija Inés, Espíritu de gran potencia, ayuda mucho a su madre y la fortalece para resistir la horrible persecución de un Espíritu completamente materializado y dominado por las pasiones más violentas.
"Teodora y el Espíritu de su hija Inés deben de trabajar sin descanso para hacerle comprender al inquisidor de ayer su verdadero estado, aconsejándole, exhortándole y perdonándole todas sus ofensas; es un loco que ellas deben curar y compadecer. Ya en otra comunicación te diré algo más sobre la historia de Teodora, Espíritu fuerte, digno, valiente, que si pecó en la noche del tiempo ha llegado después al heroísmo, al sacrificio por defender su honra; sabe sufrir, ahora le falta saber perdonar, y después... después amar a sus enemigos.
"Todo lo bueno lo llegará a conseguir porque tiene voluntad y deseo de engrandecerse. "Adiós".
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¡Cuánta sombra! ¡Cuánta sombra guarda el pasado! Dichosos los espiritistas que podemos rasgar el velo del ayer y contemplar los resplandores del sol del porvenir. ¡Bendita mil y mil veces la comunicación de ultratumba! ¡La humanidad ya no camina a ciegas! ¡Ya ve brillar en el oriente el astro de la verdad!
Amalia Domingo Soler Extraído del libro "Hechos que prueban"
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