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En un periódico de Granada leímos un artículo titulado "Lo que puede el ahorro", en el cual el distinguido e incógnito escritor, después de hacer muy buenas consideraciones sobre lo conveniente que es la economía, refiere un hecho que da gran enseñanza, y esto nos induce a transcribirle a continuación:
"Hace unos diecisiete años, un fabricante de Barcelona, y un obrero muy hábil, por consiguiente, de los de más trabajadores, pero muy aficionado al vino, tanto que solía emborracharse sin que hubiere medio para corregirle. El fabricante le despidió muchas veces, pero no tardaba en volver a recibirle en interés de su fábrica. Sin embargo, el vino llegó a pintar de tal manera al desdichado obrero que se juzgó casi imposible conservarle en los talleres, por más que fuera grande su habilidad.
El hombre, en un momento lúcido, comprendiendo la razón que asistía al dueño de la fábrica, fue a suplicarle, pero el dueño solamente consintió en recibirle mediante un salario muy reducido.
-"De este modo, le dijo, no tendrás dinero para ir a la taberna, puesto que lo que te señalo de salario apenas te dará para comer."
El obrero, que fuera de aquel funesto vicio era bueno, consintió, persuadido de lo mucho que le convenía curarse de tan abominable costumbre. Durante unos meses nada hubo que reprocharle, cumplió su promesa. Pero pasado aquel tiempo, volvió a la taberna, y aunque al principio se excusaba de beber, al fin sucumbió lamente al vicio y volvió a emborracharse. El fabricante le llamó, y presentándole una libreta de la Caja de Ahorros en la que constaba el importe de noventa duros, le dijo:
-"José, esta libreta esta a nombre mío, representa lo que he dejado de pagarte de tu jornal a fin de corregirte del vicio del vino. Veo que otra vez vuelves a entregarte a ese vicio faltando a tus promesas y propósitos, y yo no quiero que esté en mi casa quien manifiesta tan flaca voluntad para cumplir lo que promete. Pero este dinero es tuyo, voy a poner el endoso a tu nombre y tú harás de tu dinero lo que quieras."
El obrero quedó asombrado y confundido al saber que era dueño de una suma de noventa duros. La posición imprevista de semejante capital fue para él un efecto higiénico, prodigioso.
-"¡No, no, exclamó, guarde usted esos noventa duros como míos y bendito sea usted! ¡Ahí es nada! ¡Noventa duros! Guárdelos usted para mí y siga guardando hasta que yo me establezca y los necesite. Ahora sí que puedo pensar en casarme un día y tener mi casita y mis hijitos.
Cumplió su palabra el obrero y hoy es dueño de una fábrica en Cataluña, cuyos productos son buscados con empeño en el mercado y premiados en todas las exposiciones. El capital formado lentamente a fuerza de trabajo y así para él la base de su independencia, de su salud y de su felicidad. ¿De qué le hubiera servido gastarlo en la taberna?
* * *
Le hubiera servido para hundirse en el lodo de la completa degradación, porque la embriaguez es uno de los vicios que más embrutecen y rebajan al hombre. Siempre hemos creído que el ahorro no es tan necesario como el aire que respiramos, y aunque algunos aseguran que no se debe amar al dinero porque los que le aman se convierten en avaros, nosotros creemos que una cosa es tener codicia y otra cosa es tener previsión. Muchas madres tienen la buena costumbre de comprarles a sus hijos cuando son pequeñitos una alcancía, y en ella va echando el niño sus economías que un día le servirán para comprarse un bonito juguete o un lindo vestido.
Recordamos que estando en Toledo fuimos a pasar un día a una casa de campo cuyos dueños son un honrado matrimonio con siete chiquillos. La mayor parte del año la pasaban en su hermosa quinta, y según decían ellos, querían aprovecharse de la infancia de sus hijos, pues cuando éstos fueran mayores tendrían que estar casi todo el año en Madrid por los estudios de los muchachos. Es una familia verdaderamente patriarcal. Juan y Eloísa se quieren tan profundamente que, a pesar de llevar muchos años de casados, no pueden vivir el uno sin el otro. Han tenido la suerte, es decir, han merecido esa dicha, que todos sus hijos son Espíritus adelantados, dóciles, cariñosos, expresivos, es que pasar un día entre ellos es pasar un día en la gloria, y siempre recordamos el día que pasamos en su compañía en su quinta de Toledo. Por la tarde, mientras los niños jugaban en el jardín, Juan y Eloísa me enseñaron minuciosamente toda la casa, llamándome la atención el dormitorio de los niños, que era un salón grande donde había siete camitas de hierro envueltas en colgaduras blancas de muselina, recogidas con grandes lazos de cinta de muaré azul. Sobre una cómoda había siete alcancías de barro encarnado, teniendo cada una escrito con un lápiz blanco el nombre de su dueño, y debajo un letrero que decía: caja de los pobres.
Aquellas primitivas cajas de ahorros nos hicieron reír alegremente, porque nos recordaron nuestra primera edad. ¿Qué niño, si ha tenido una madre cariñosa y previsora, no ha fijado su mirada ansiosa en una de esas vasijas de barro cerradas como el porvenir, con una sola abertura por la cual el pequeñuelo virado con afán queriendo atraer con el magnetismo de su dedos los tesoros que encierra aquella caja de caudales de la infancia? ¿Qué niño no se ha creído más rico que Creso haciendo sonar su alcancía? Horas benditas, instantes de reposo que no se vuelven a tener en toda una encarnación. Entre las cajitas de ahorro nos llamó vivamente la atención ver debajo de un globo de cristal sobre un cojín de terciopelo una alcancía rota. ¿Qué es esto?, preguntamos.
-Mi primera caja de ahorros, dijo Juan gravemente; esos restos guardan una historia. ¿Se puede saber? Sí, yo se la contaré con mucho gusto. Nos sentamos los tres y Juan comenzó su relato diciendo con voz conmovida:
-He tenido la dicha de tener por madre a una mujer tan buena, tan cuidadosa, tan amante de sus hijos, que vivía consagrada a mi hermana y a mí. Murió mi padre siendo yo muy pequeño y ella se dedicó a seguir con la modesta tienda de hilos y seda, que había sido el único patrimonio de mis abuelos paternos. A mi hermana y a mí, a cada uno nos compró una alcancía muy grande, y todo el dinero que recogíamos de nuestros parientes por la pascua de Navidad y los días santos, nos lo hacía guardar en la hucha, diciéndonos:
-Mirad, hijos míos, estáis bien alimentados, no os faltan ropas con que abrigaros, tenéis juguetes con que distraeros y libros con que instruiros, cuanto pudierais comprar sería superfluo; pues entonces guardad ese dinero para una verdadera necesidad, y ella misma ponía en nuestras manos las monedas y nos las hacía echar en la alcancía. Seguimos viviendo tranquilamente sin más incidentes desagradables que una terrible enfermedad que tuvo mi hermana al cumplir catorce años. Su convalecencia fue penosísima, y los médicos dispusieron que viajara, que mudara de aire y de aguas para recobrar fuerzas. Entonces mi madre me dejó en la tienda con un tío suyo y ella se fue con mi hermana, sirviendo los ahorros de esta última para cubrir los gastos del viaje, con el cual recobró su salud y encontró su felicidad, pues conoció a un joven muy bueno, el que tres años después fue su marido. Yo, mientras mi madre estuvo fuera, estando un día en la tienda (tendría yo entonces unos diecisiete años) vi entrar a un ciego vestido con decencia y guiado por una niña de diez u once abriles. Ésta me entregó una carta de un hermano de mi madre residente en Madrid, el cual nos recomendaba muy en especial a aquel pobre ciego que había perdido la vista trabajando en diamantes y quería ir a París donde había un oculista alemán que hacía milagros, para lo cual necesitaba reunir el dinero del viaje para él y su hija, pues la cura confiaba que se le haría gratis.
Éste era un hombre tan bueno, que veríamos de hacer con él una verdadera obra de caridad. Yo no sé qué sentí al leer aquella carta, miré al ciego y a su hija, los hice sentar y les pedí más explicaciones. El pobre enfermo me contó cuanto le acontecía, el afán que tenía por recobrar la vista para ser útil a su hija, que era un ángel de bondad. En tanto la niña lloraba silenciosamente, se conocía que el pedir una limosna le era muy doloroso. Sin saber por qué, al ver aquel cuadro tan conmovedor recordé las frases de mi madre cuando me hacía guardar mis aguinaldos en la alcancía, diciéndome con ternura:
-Reserva ese dinero para una verdadera necesidad. He aquí una verdadera necesidad, me dije, y subí a mi cuarto por mi caja de ahorros, entregándosela al ciego con mayor alegría, diciéndole:
-Tomad, ahí tenéis todas mis economías. Mi madre me ha dicho siempre que guardara el dinero para una verdadera necesidad. ¿Qué mayor necesidad que la vuestra? ¡La vista es la vida! ... ¡Quiera Dios que podáis vivir! El dignísimo enfermo de ninguna manera quiso aceptar donativo sin permiso de mi madre, pero asegurándole que mi madre estaría muy contenta de mi proceder, después de muchos ruegos accedió a mis deseos, y él mismo dio un golpe a la alcancía, la que se rompió en dos pedazos. Contamos lo que contenía y fue inmenso nuestro júbilo, pues había más de 4.000 reales, que él tomó a título de préstamo, diciendo que estaba convencidísimo que me podría pagar pronto la cantidad que tan generosamente yo le daba. Si he de ser franco, más que su desgracia me conmovió el llanto de su hija; aquella niña que aún llevaba el luto de su madre absorbió tanto mi atención, ya que no me hubiera separado de ella. Los hice quedar a comer, y aquella misma noche marcharon en dirección a París. El pobre ciego me llamó hijo al estrecharme contra su corazón, diciendo a su hija:
-Eloísa, abraza a tu hermano, a tu salvador, por él tendrás padre. Reparamos que mientras hablaba nuestro amigo su esposa lloraba en silencio. En seguida comprendimos que era ella la niña que acompañara al ciego, y seguidamente estrechamos sus manos con efusión. Juan se sonrió y prosiguió diciendo:
-Habéis comprendido que esta es aquella niña, me alegro que lo hayáis adivinado. Pues bueno, se fueron, y no reparé entonces que Eloísa había guardado en su pañuelo la alcancía rota. Cuando vino mi madre y le conté lo que había hecho, no me dijo nada, pero me dio un abrazo que aún me parece que siento su dulce presión. Eloísa cumplió como una mujer, nos fue escribiendo todos los trámites de la curación de su padre. Seis meses después lo vi entrar en la tienda con los ojos llenos de vida. Aquel momento ha sido el más dichoso de toda mi existencia mi madre tomó una parte muy activa en mi alegría. ¡Como era tan buena! En cuanto vio a Eloísa simpatizó con ella, comprendió lo que valía aquella niña y conoció también que yo la amaba. Estuvieron descansando en casa ocho días, y al regresar a Madrid obtuve permiso de mi madre para acompañarles. ¡Qué viaje tan dichoso! Eloísa nunca fue niña, parecía una mujer, así es que sus miradas me hicieron conocer que mi cariño era correspondido. Cuando volví a Toledo me parecía muy pequeño el mundo para contener mi felicidad. El dinero que ganó el padre de mi esposa en la primera semana que volvió a trabajar empleó parte de él en tres décimos de la lotería, y una mañana me lo vi entrar con Eloísa radiantes los dos de alegría.
-Escucha, Juan, me dijo él, al entregarme tus ahorros te dije que los aceptaba en calidad de préstamo; hoy vengo a devolvértelos, aquí los tienes con los intereses. Y en billetes del banco nos presentó diez mil duros que le habían caído en suerte en la lotería. Desde entonces formamos una sola familia, aquel hombre generoso no consintió en manejar aquel dinero, lo dejó en poder de mi madre como dote de Eloísa y él siguió trabajando pero viviendo en nuestra compañía, queriéndome con delirio y él fue el que guardó los restos de mi alcancía como un recuerdo sagrado. Era un Espíritu tan agradecido que me pago con creces el bien que le hice, y cuando me casé con mi Eloísa creímos que se volvía loco de alegría. Como nuestra felicidad la hemos debido en gran parte a mi caja de ahorros, no nos hemos descuidado en dotar a nuestros hijos con igual tesoro, y hacemos lo posible porque empleen sus ahorros como decía mi madre, en casos de verdadera necesidad.
-Tenéis muy buen pensamiento.
-No todo es obra nuestra, dijo Eloísa sonriéndose, mi padre siempre me aconseja que acostumbre a mis hijos al ahorro.
-¿Pues no murió tu padre?
-Sí, a los dos años de habernos casado, pero viene muy Menudo a verme.
-¿Cómo a verte? ¿Qué estás diciendo?
-¿No sabes que soy espiritista, y además médium vidente y escribiente?
-Sabía que eras adicta al Espiritismo, pero ignoraba que fueras médium.
-Y muy buena, replicó Juan, tenemos un libro de comunicaciones obtenidas por ella de las que algunas son de gran valía.
-No hagas caso de mi esposo, para él es notable todo lo que yo hago. Obtengo comunicaciones puramente familiares, mi padre me sigue aconsejando desde ultratumba del mismo lo que lo hacía en la Tierra, ni más ni menos. Es un Espíritu muy amante de la familia, enlazado a Juan y a mí por haber sido en muchas existencias nuestro padre, se desvive por nosotros.
-¡Ah! Entonces así se explica la acción que Juan hizo con el, necesita sentir mucho para obrar así.
-Yo lo único que le diré, es que al verle sentí lo que nunca he sentido, aunque en honor a la verdad, el llanto de Eloísa lo que más me conmovió; mas aparte de eso, lo quise tanto cuando se murió tuve más sentimiento que cuando perdí a mi madre, lo confieso, y la misma pena me hizo buscar el espiritismo. Para mí, fuera de mi esposa y mis hijos, no tengo más gusto que leer las comunicaciones de mi padre, porque siempre encuentro en ellas algo que aprender.
-Léame alguna.
No tuve que decírselo dos veces, porque en seguida trajo Juan un libro lujosamente encuadernado, y nos leyó la siguiente comunicación:
¡El ahorro! ¡Cuánto bien produce este modesto acopio de riqueza! “¡Cuán útil puede ser el hombre a la humanidad cuando para ella reserva el fruto de sus economías! “Vivir pensando en las necesidades de los demás, es vivir dentro de la ley de Dios. "El que ahorra por el placer de atesorar es digno de compasión, pero el que se priva de lo superfluo para dar a otro lo necesario, tiene andado la mitad del camino de la gloria. Eso te ha sucedido a ti, hijo mío, yo he recogido la semilla que en otro tiempo sembré en tu corazón. "Yo inculqué en tu mente el amor a la economía, ¿quién me dijera entonces que mi trabajo secundado más tarde por otro Espíritu de buen sentimiento había de proporcionarme el goce más grande que podía tener en la Tierra: recobrar la vista del cuerpo y encontrar un alma sensible que tanto escasean en ese planeta" El trabajo acumulado es un depósito de virtudes, es una caja de ahorros que encuentra el Espíritu cuando más lo necesita. Yo tenía que sufrir la horrorosa prueba de la ceguera durante largo tiempo, pero yo te había amado mucho en sucesivas existencias, yo había inculcado en tu mente los más generosos sentimientos, yo te había educado con el más tierno desvelo, yo había depositado en ti toda la savia de mi amor; por eso encontré en ti tan noble desprendimiento, porque era parte integrante de mi Ser y porque también te había amado en tus encarnaciones anteriores. Por esto, hijo mío, no me cansaré nunca de repetirte que ames mucho a tus hijos, que hagas tu caja de ahorros como hice yo, ya que en medio de mi justa expiación encontré tu cariño y apoyo que fueron mi puerto de salvación.
"Recuerda los consejos de tu buena madre, no acostumbres a tus hijos a vivir en la miseria, porque los Espíritus se hacen avaros si viven con mezquindad. "Pero tampoco los dejes solazarse en la opulencia, pues se hacen indiferentes a las desgracias del prójimo, ya que no conocen el sufrimiento. "En un justo equilibrio consiste la virtud, hazles amar la vida proporcionándoles honestas y moderadas satisfacciones, háblales continuamente de los desgraciados y créales su caja de ahorros para que se acostumbren a una prudente economía, y así conseguirás llevar a tus hijos por el camino de la virtud y tú vivirás dichoso entre Espíritus dóciles y humildes, única dicha que le es dado al hombre disfrutar en la Tierra".
Tiene mucha razón tu marido, Eloísa, es muy buena esa comunicación; ciertamente que el ahorro es la primera base del bienestar de la familia, porque no basta que dos Seres quieran con delirio, se necesita que tengan talento para vivir proporcionándose los medios de subsistencia para disfrutar de una paz duradera. Siempre que leemos algo referente al ahorro nos recordamos de Juan y de Eloísa, de aquellos dos Seres virtuosos que educan a sus hijos en los principios de la más sana moral. ¡Dichosos ellos que su adelanto les ha permitido gozar de a existencia tranquila, rodeados de sus tiernos hijos! Las familias felices son el fruto sazonado del árbol del progreso. ¡Bienaventurados los Espíritus que saben progresar!
Amalia Domingo Soler Extraído del libro "Hechos que prueban"
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