“Para comprender el valor del ancla, necesitamos enfrentar una tempestad.”
Eleonor L. Dolan
Hay noches muy oscuras en que el viento agresivo es ruidoso, trae la tempestad inclemente.
Los truenos y relámpagos invaden la madrugada como si fuesen a durar para siempre.
No hay que ignorar los sentimientos que nos asaltan nuestros frágiles corazones.
El miedo y la inseguridad nos quitan el sueño, y pasamos minutos interminables, imaginando lo peor, temerosos de que el cielo pueda, de un momento para el otro, caer sobre nuestras cabezas.
Sin, no obstante, ningún aviso, el viento se va calmando, las gotas de lluvia comienzan a caer con menos violencia y el silencio vuelve a imperar en la noche.
Nos adormecemos sin darnos cuenta del final de la intemperie, y cuando despertamos con el sol de la mañana besándonos la frente, ni siquiera nos acordamos de las angustias de la noche.
Las ramas caídas en la acera, el agua aun estancada en las calles, nada, ninguna señal es suficientemente fuerte para que nos acordemos del temporal que hace pocas horas nos asustaba tanto.
Así aun somos nosotros, criaturas humanas, presas al momento presente.
Escépticos, al punto de casi sucumbir delante de cualquier dificultad, sea una tempestad o un revés de la vida, por creer que ella podría aniquilarnos o herirnos irremediablemente.
Hombres de poca fe, he ahí lo que somos.
Hace mucho tiempo fuimos llamados a creer en el amor del padre, soberanamente justo y bueno, que no permite que nada que no sea necesario y útil nos ocurra.
Incluso así continuamos unidos a la materia, creemos que nuestra felicidad depende apenas de tesoros que la polilla roen y que el tiempo deteriora.
Permanecemos sufriendo por dificultades pasajeras, como la tempestad de la noche, que por más estragos que pueda hacer en los tejados y en los jardines, siempre pasa y tiene su indiscutible utilidad.
Somos para Dios como críos que aun no se dieron cuenta de la grandiosidad del mundo y de las verdades de la vida.
Almas aprendiendo que se asustan con truenos y relámpagos que, en las noches oscuras de la vida, nos hacen recordar nuestra pequeñez y de nuestra impotencia delante del todo.
Si aun lloramos de miedo y no tenemos coraje bastante para enfrentar las realidades que no nos parecen favorables o agradables, y porque en nuestra intimidad el mensaje de Cristo aun no se hizo seguro.
Nuestra fe es tan insignificante que ante la menor contrariedad gritamos que Dios nos abandonó, que no hay justicia.
Se trata sin embargo, de una miopía espiritual, derivada de nuestro deseo constante de ser agraciados con bendiciones que, por ahora, aun no son merecidas.
Nos falta coraje para creer que Dios no se equivoca, que esta característica no es de Él, sino apenas nuestra, caminantes imperfectos en esta ruta evolutiva.
Nos falta humildad para creer que, cuando hacemos la parte que nos cabe en la tarea, todo ocurre en la hora correcta y de forma adecuada.
Los dolores que nos llegan y nos tocan son oportunidades de aprendizaje y de cambio para un nuevo estadio de evolución.
Así como la lluvia, que aunque nos parezca inconveniente y temida, en algunas ocasiones, también los problemas son indispensables para la purificación y renovación de los seres.
Por eso, cuando las tempestades pesen fuertemente sobre nuestras cabezas, sepamos percibir que todo en la vida pasa, así como las lluvias, los dolores, los problemas.
Todo es fugaz y momentáneo.
Pero todo, también, tiene su motivo y su utilidad en nuestro desarrollo.
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