El buen samaritano

Lloro con unos ojos que no son los míos. Hablo con una voz que no es la mía, pero es mi dolor y es mi pensamiento el que vibra en medio de vosotros y se transmite en ondas íntimas a vuestras almas, que me escuchan como el eco mismo de la eternidad. Un día os hablé en una parábola que mis cronistas llamaron del Buen Samaritano y cuyo significado os explico ahora.

Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y fue sorprendido por unos facinerosos que después de maltratarle y robarle le dejaron medio muerto y huyeron. Pasaron por aquel camino sacerdotes, levitas y hombres del pueblo y ninguno se atrevió a socorrerle, por causa de que su estado le hacía parecer un cadáver.

Al hombre que, por fin, tuvo piedad de él, le llamé samaritano para dar a entender a los religiosos hebreos que me escuchaban, que el amor y la piedad son patrimonio de las almas y no de las formas de religión o de culto.

El viajero que al pasar sintió amor y piedad por él, le cargó en su cabalgadura y, llevándole a la posada más próxima, le encomendó a su dueño mediante el pago anticipado de una bolsa de talentos de oro, ofreciéndole volver en un tiempo dado para llevarse el enfermo ya sano, a un país encantado de paz y de felicidad.

El hombre de la piedad y del amor volvió un día y oyó la queja del posadero que dijo: “Señor, hice cuanto pude por curar a este hombre que me habéis confiado, pero él se esfuerza en ahondar sus llagas y destrozar su vida y nada he podido hacer por él”.

El piadoso viajero se alejó entristecido, porque su esfuerzo había sido inútil. Tal y tan triste es vuestra actual situación, que causa angustia a quien os contempla desde un plano superior. ¿Cómo es que llora y sufre Jesús glorificado por el Padre en mérito de sus propios esfuerzos y sacrificios de siglos y siglos? ¿Cómo es que vuestro Mesías sufre y llora sumergido en la bienaventuranza del amor eterno de Dios? ¿Cómo es que vuestro Maestro siente la honda amargura de vuestro atraso y de vuestra inequidad, si largos siglos de purificación le han hecho acreedor a las divinas compensaciones?

¡El amor me subió un día a cumbres ignoradas por vosotros y desde ellas os vi a través de mis lágrimas, arrastrando vuestra debilidad y miseria por abismos sin salida, por selvas de impenetrables tinieblas, por desiertos abrasados, heridos, destrozados… deshechos!

Sin valor para dejaros perecer sumergidos en vuestra propia miseria, me dejé conducir por el Amor Eterno, por la Piedad Infinita, por la Misericordia hacia donde vosotros, desamparados, enfermos, heridos y tristes os hallabais; y os brindé el remedio, el bálsamo, la luz, el aire, el agua y el Sol para levantaros de vuestra gran postración; pero como antes de mi voluntad está vuestro libre albedrío, que me impide tocar ni un cabello de vuestra cabeza si vosotros no lo queréis; heme aquí con mi carga de piedad y de amor, sin poder hacer con ella otra cosa sino veros caídos, destrozados, deshechos y ver también que dentro de vuestra propia miseria rechazáis la mano que os tiendo en vuestras tinieblas.

Porque sumergidos en la materia olvidáis el espíritu-porqué sólo pensáis en satisfacer los bajos deseos de vuestra naturaleza carnal y creéis encontrar necesidad en los groseros instintos de la animalidad; porque no sois capaces de negar a vuestra materia lo que envenena a vuestro espíritu, porque no llamáis a cuentas a vuestra propia conciencia y obráis como insensatos que se aferran a una vida fugaz y pasajera que no perdura más que un soplo de viento, por eso estáis encadenados, heridos, deshechos, enfermos y parece que os gozarais en vuestra propia abyección y vuestra propia ruina, haciendo inútiles para vosotros los sacrificios de siglos de vuestro Maestro y de todos los espíritus de luz que compadecidos de vuestras miserias se han esforzado por levantaros a la altura de vuestro eterno destino.

Llegada la hora final de tornar al Padre con la ofrenda grandiosa de todas vuestras almas encomendadas a mi piedad, y satisfecho por mí ese Amor Eterno, esa Piedad Infinita, esa Misericordia Única, me obligaréis a volver a Él, diciéndole como el posadero de mi parábola, al compasivo samaritano:

“¡Padre mío, hice cuanto pude por las almas que me disteis, pero ellas me han rechazado, han abierto sus propias heridas, las han envenenado buscando la muerte, han huido hacia las bajas regiones de tinieblas para no ver tu Luz que les alumbra, han cerrado las fuentes de las aguas de salud, porque quieren perecer por la sed y han encendido las hogueras del odio porque quieren devorarse las entrañas a sí mismos y despedazarse los uno a los otros!”

¿Creéis que es éste poco dolor para mi corazón que se entregó al éxtasis divino de contemplarme sumergido juntamente con vosotros en el mar sin riberas de la Divinidad? ¿Creéis que es esto pequeña amargura para mi espíritu que, después de haber subido la dolorosa cuesta de su propia purificación, acalló las voces de amor que le llamaban en himnos de paz y de gloria, para serviros de luz, de paz y consuelo, y que al final de la heroica y larga jornada, aún estéis indecisos entre tender vuestras alas hambrientas de inmensidad o quedaros sumergidos en el pantano donde aguas envenenadas corroen vuestra vida espiritual y deshacen y disgregan las fuerzas que os ponen en contacto con la Luz Eterna de donde habéis salido y a donde debéis volver?

Lloro con vosotros como espíritu, del mismo modo que lloré sobre vosotros encarnados, cuando con mi voz de hombre os llamaba a la verdad y a la luz de vuestro elevado origen y de vuestros gloriosos destinos. Aún resuena en mi oído el eco dulce de vuestras reiteradas promesas de fidelidad y de amor en las distintas jornadas que juntos hemos realizado en esta Tierra, arca depositaría de nuestra sangre de mártires y de nuestras lágrimas de desterrados.

La hora final está sonando ya. Levantaos pues, decididos de una vez por todas a cumplir al Maestro vuestras dulces promesas que perpetúen eternamente nuestras viejas y santas alianzas.

Que la Paz y el Amor del Padre os inunden haciéndoos sentir la dulzura de la eterna vida hacia la cual os llamo desde hace tanto tiempo.

Extraído del libro “Llave de oro”

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