La afabilidad y la dulzura

La benevolencia para con sus semejantes, fruto del amor al prójimo, produce la afabilidad y la dulzura, que son las formas de manifestarse. Pero, ni siempre hay que fiarse en las apariencias. La educación y la frecuencia del mundo pueden darle al hombre el barniz de esas cualidades. ¡Cuántos hay cuya fingida sinceridad no pasa de máscara para el exterior, de una ropa cuyo corte primoroso disimula las deformidades interiores! El mundo está lleno de esas criaturas que tienen en los labios la sonrisa y en el corazón el veneno; que son blandas, desde que nada las irrite, pero que muerden a la menor contrariedad; cuya lengua, de oro cuando hablan por el frente, se cambia en dardo venenoso, cuando están por detrás.

A esa clase también pertenecen esos hombres, de exterior benigno, que, como tiranos domésticos, hacen que sus familias y sus subordinados sufran el peso del orgullo y del despotismo, como si quisieran desforrarse del constreñimiento que, fuera de casa, se imponen a sí mismos. Sin atreverse a hacer uso de autoridad para con los extraños, que los llamarían al orden, creen que por lo menos deben hacerse temidos por aquellos que no les pueden resistir. Se Envanecen de poder decir: “Aquí mando y soy obedecido”, sin ocurrírseles que podrían acrecentar: “Y soy detestado.”

No basta que dos labios manen leche y miel. Si el corazón de modo alguno les está asociado, sólo hay hipocresía. Aquél cuya afabilidad y dulzura no son fingidas nunca se desmiente: es él mismo, tanto en la sociedad, como en la intimidad. Ese, además, sabe que si, por las apariencias, se consigue engañar a los hombres, a Dios nadie le engaña.

Lázaro (Paris, 1861.)
Del Libro: “El Evangelio Según el Espiritismo”
Allan Kardec

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