Desde que se admite la solicitud de Dios para con sus criaturas, ¿por qué no se ha de admitir que los espíritus capaces, por su energía y superioridad de conocimiento, de hacer con que la Humanidad avance, encarnen por la voluntad de Dios, con el fin de que activen el progreso en determinado sentido?
¿Por qué no admitir que ellos reciban misiones, como un embajador las recibe de su soberano?
Tal es el papel de los grandes genios. ¿Qué vienen ellos a hacer, sino a enseñar a los hombres verdades que estos ignoran y todavía ignorarían durante largos períodos, a fin de darles un punto de apoyo mediante el cual puedan elevarse más rápidamente?
Esos genios, que aparecen a través de los siglos como estrellas brillantes, dejando largo trazo luminoso sobre la Humanidad, son misioneros o, si lo quisieren, mesias. Lo que de nuevo enseñan a los hombres, quiera en el orden físico, quiera en el orden filosófico, son revelaciones. Si Dios suscita reveladores para las verdades científicas, puede con más fuerte razón, suscitarlos para las verdades morales, que constituyen elementos esenciales del progreso. Tales son los filósofos cuyas ideas atraviesan los siglos.
Del Libro: “Génesis” - Capítulo I - Ítem 6
Allan Kardec
Publica un comentario: