Flor de hermosura ideal
bella y delicada rosa
yo te contemplé orgullosa
en un jardín oriental.
Hubo un ser que comprendió
que admiraba tu hermosura
temerario te arrancó
en mi mano te dejó
y le miré con ternura.
Flor de hermosura ideal
bella y delicada rosa
yo te contemplé orgullosa
en un jardín oriental.
Hubo un ser que comprendió
que admiraba tu hermosura
temerario te arrancó
en mi mano te dejó
y le miré con ternura.
En una reunión de dos familias amigas y algunos conocidos, en los jardines de Recoletos, en Madrid, vinieron a aumentar el núcleo el conde de C. y su hija Cecilia, preciosa joven de veinte años, Espíritu alegre, revoltoso, infantil, era el reverso de la medalla del carácter de su padre, hombre grave, severo, taciturno, cuya mirada sinuosa y triste parecía horadar las sombras de su pasado o taladrar las brumas de su porvenir. A la llegada del conde estábamos hablando de Espiritismo, ya en pro unos, ya otros en contra. Cecilia dio rienda suelta a su buen humor, riéndose del tema alrededor de las mesas danzantes. Pero nos sorprendió a todos de una manera indecible cuando confesó diciéndonos que ella había asistido a varios experimentos, habiendo observado que en cuanto apoyaba la punta de los dedos en una mesa, por grande que ésta fuera, en seguida adquiría movimiento.
Creíamos que se burlaba de todos nosotros, y para demostrar la certeza de su aserto, hizo acercar una mesita redonda con pie de hierro, apoyó en el pequeño velador su diestra mano y, efectivamente, la mesa comenzó a moverse. Esto, como era natural, produjo risa general, y algunos formularon preguntas triviales, contestando la mesa con acompasados movimientos, lo que aumentó la broma y la hilaridad de los reunidos. Continúa leyendo »