Una tarde, y casi a la misma hora, mi tranquilo gabinete de trabajo fue invadido por dos familias, compuesta la primera de un matrimonio joven y dichoso, con un hijo que cuenta medio año: quizá no me hubiera fijado tanto en estudiar su dicha, si no hubiese visto junto a ellos a dos mujeres y un niño de cuatro meses, madre, hija y nieto, tres personas distintas y una sola calamidad verdadera, en cuyos semblantes aparecían las huellas de profundas amarguras. La alegría del matrimonio feliz y del hijo sonriente realzaba la desgracia del grupo infeliz. ¡Siempre el contraste entre la luz y las sombras, la felicidad y el dolor!
Hay tantos desheredados y tristes seres en el mundo, que los felices pueden considerarse como rayos de sol iluminando las densas brumas de la Humanidad. El marido dichoso, abogado de profesión, dijome con encantadora franqueza: Continúa leyendo »