|
En plena tempestad, el hombre busco agasajos y protección debajo del antiguo árbol que el ventarrón desgarraba y sacudía, implacablemente... Mientras los relámpagos zigzagueaban, en baile mágico bajo de los truenos, el hombre, atemorizado, explotó en imprecaciones.
-¡Fuerzas incontrolables y crueles, titanes del pavor en desvarío! ¡Y condenado al temporal y a la furia! “Todo lo destroza en su camino voluptuoso, dejando barro, destrucción, infortunio”...... Había en el, también el ruido de la sublevación que le torturaba por dentro. El árbol venerable que oyó la áspera critica, deseando auxiliarle, le explico:
-“Alguien, no obstante, con cariñosa dedicación va arreglando los daños, ofreciendo vida nueva: recompone el paisaje con el color de Sol, que seca el lodo: hace renacer los brotes partidos, que renacen revigorizados: y, en breves todo es belleza, utilidad y armonía”..... El hombre oyó, meditó y paso a considerar que la maléfica tempestad, realmente, no es aquella que truena por fuerza, en alarmante paisaje desordenado, sino la que revuelve por dentro, en el corazón, dificultando la restauración del bien que se puede realizar. Divaldo Pereira Franco
|