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Un hombre dio una moneda de plata a cuatro personas. Una de ellas, un persa, dijo:
-Con esta moneda, quiero comprar un angur.
El segundo, un árabe, exclamó:
-Que insensato, no vamos a comprar angur. Vamos a comprar inab.
El tercero era turco y dijo:
-Esta moneda es mía también y no quiero ni inab, ni angur. Quiero uzum.
El cuarto, un griego, no se conformo:
-Cállense todos. Con esta moneda compraremos isratil.
Comenzaron a gritar entre ellos porque ignoraban el verdadero sentido de las palabras. Se abofetearon, se insultaron, hasta que llego allí un hombre sabio y que conocía muchas lenguas. El les dijo:
-Denme esta moneda y confíen en mi. Con ella comprare algo que satisfaga a todos ustedes.
Sin una opción mejor, ellos le entregaron la moneda. El hombre sabio fue al mercado. Con la moneda compró una buena porción de uvas que entregó a los cuatro peleones. Todos quedaron satisfechos viendo su propio deseo realizado. Ignorantes, ellos no sabían que todos deseaban la misma cosa. Angur, inab, isratil y uzum significa uva, en esos idiomas.
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Tantas veces, en la vida, establecemos disputas por no entender correctamente lo que el otro dice. Solemos, en vez de volver a preguntar, para mejor comprender, reaccionamos inmediatamente, causando los malentendidos. La palabra es instrumento de la vida para vestir las ideas y exteriorizarlas con claridad. No siempre, con todo, somos felices en su utilización. Por eso, la palabra ha sido, a lo largo de los siglos, fomentadora de desacuerdos, desavenencias.
Dentro del hogar, pensemos cuantas veces la utilizamos de forma indebida. En el trato con los compañeros de trabajo, cuantas veces nos hemos servido de ella para fomentar intrigas… Lo que debería ser aplicado de forma edificante, para levantar el mundo, enriquecer la vida con bellezas, proporciona malestares.
No fue por otra razón que el sabio Codificador de la Doctrina Espirita, Allan Kardec, prescribió que nos deberíamos enterar a respecto del real significado de las palabras. En el trato con el semejante, pues, seamos más pacientes, oyendo mejor y hablando de forma adecuada. Utilicemos palabras sin doble sentido, que puedan proporcionar malos entendimientos. No utilicemos palabras grotescas para denominar situaciones y cosas, si existen otras, que mejor expresen lo que deseamos decir.
La palabra también carga la vibración de los sentimientos con que la pronunciamos y alcanza de forma feliz o infeliz, a nuestro interlocutor. Pensemos en este inmenso tesoro que se llama palabra y sirvámonos de ella con sabiduría. Enterémonos al respecto del verdadero significado de las palabras. Enriquezcamos nuestros clichés mentales con palabras edificantes. No seamos impacientes si fuera preciso repetir nuestras afirmaciones, más de una vez.
Carguemos de optimismo todas nuestras expresiones verbales, creando siempre una spicoesfera de bienestar a quien nos oye. Al transmitir ordenes, hagámoslo de forma clara. Al expresar nuestros pensamientos, cuando algo deba ser decidido, ofrezcamos la lucidez del verbo. Recordemos que somos responsables por toda palabra que salga de nuestra boca, favoreciendo o perjudicando a aquel a quien va dirigida.
Pensemos antes de hablar a fin de expresarnos de forma precisa, evitando crear sin sabores. Utilicemos, en fin, la palabra para mejor vivir y convivir con la inmensa familia humana, que comienza en nuestro hogar y se prolonga mundo fuera.
Espíritu Juana de Angelis Médium Divaldo Pereira Franco Extraído del libro "Alerta" Enviado por Merchita
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