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Querido Amigo: Deseo pedirte perdón por el mal que te hice. Infelizmente, en aquella ocasión, yo me encontraba infeliz conmigo mismo, sin la capacidad de discernir entre el bien y el mal, lo que debía y lo que no me era lícito hacer. Reconozco hoy que te ofendí, con mi insolencia y desequilibrio, proporcionándote sufrimientos innecesarios. En la falta de vigilancia, que me caracterizaba, en aquella época, yo te calumnié insensatamente, movido por el sentimiento inferior de envidia, no aceptando tu postura de Espíritu superior. Hoy reconozco que la pequeñez moral, derivada del egoísmo y de la inferioridad espiritual, me guiaba el comportamiento, llevándome a actitudes incoherentes y perversas, responsables por aflicciones evitables, pero no me daba cuenta de su grave significado. Aprendí la lección de la dignidad, después de atravesar los caminos sombríos del remordimiento, procurando expiar la culpa, intentando rehabilitarme a través de buenas acciones, a fin de envalentonarme para pedirte perdón.
Reconozco que es más infeliz aquel que acusa indebidamente, a aquel que comete el error de ofender a otro que a su víctima. Cuando el ofendido supera la situación deplorable, asciende en el rumbo de la iluminación, en cuanto su adversario se sumerge en el abismo del desequilibrio, señalado por la culpa de que no consigue liberarse. Lamentablemente, los mecanismos emocionales que mantienen al ser humano en ser el primero por libre opción, responden por su conducta infeliz, prefiriendo competir por procesos enfermizos, que a través de los recursos superiores de la iluminación, del conocimiento, conquistando los escalones elevados de la sabiduría.
Sucede que las pasiones mezquinas lo llevan a sufrir la gloria de su prójimo, despertando la envidia que es el morbo cruel que se instala en los paisajes íntimos, produciendo problemas degenerativos que se transforman en enfermedades irreversibles y peligrosas. Atravesé ese periodo primario de mi desarrollo espiritual, hiriendo y ofendiendo, dejando espinas por el camino por donde ahora vuelvo, hiriendo los pies, cuando me habría sido posible colocar pétalos de rosas que me estarían tapando el suelo. Al verte crecer, moral y espiritualmente, me dejé consumir ante la contemplación de tu progreso y, desdichado, como son todos aquellos que se hacen pigmeos ante la grandeza de los gigantes, preferí castigarme, devorado por la demencia, sembrando dificultades que, felizmente, supiste superar, porque estabas pronosticado a las cumbres de la montaña de la plenitud, donde ahora permaneces. No tienes ni idea de cuanto sufro.
Fueron días y noches en que mantenía el pensamiento fijado en ti, detestando tus alegrías, mientras yo me sumergía en el fondo del pozo de las aflicciones. Si piensas que yo era feliz estás engañado. Todo aquel que traiciona, ofende, que hiere, aplica espigas terribles en las carnes del alma, que la propia respiración más profundiza. Alguna que otra vez, les brilla la luz del discernimiento, estimulándolo a arrancar esos clavos dolorosos, pero su dolencia interior no le faculta el procedimiento liberador. La obstinada conducta de ofender, hace que el individuo de mi porte experimente ese cruel sadomasoquismo, por cuanto afligiendo a otros se siente bien en su desdicha injustificable. Pasada, sin embargo, la furia de que el perseguidor se siente poseído durante el periodo en que se deja arrastrar por la desidia, helo ahí despertando para el arrepentimiento, sin fuerzas ni coraje de rehacer el camino, de reconocer el error, de apaciguarse buscando a la víctima para pedirle perdón. De alguna forma, auto justifica el delito, siempre buscando motivaciones para explicarse el acto inexplicable. Encuentra incluso, razones artificialmente construidas por su subconsciente para calmarse, intentado creer que era despreciado, no recibiendo la consideración que se atribuye, sintiéndose perjudicado. Jamás, no obstante, la ascensión de otros genera incomodidad a quien prefiere quedar en el descenso de la vulgaridad sin los estímulos para crecer y triunfar.
Ocurre que es más fácil para el compañero empujar a quien está arriba para que descienda que esforzarse para ascender. El razonamiento del extravagante es caótico, y tú no sabes, amigo, como le es difícil entender la verdadera fraternidad, la grandeza del amor, la alegría del servicio desinteresado. Todo cuanto hace es cabalmente programado, y el bien aparente al que se entrega, está siempre acompañado de sentimientos sórdidos de compensación, con que se enriquece de bagatelas que lo fustigan interiormente, apegándose a la basura de lo transitorio por no conocer las bendiciones de lo permanente. Apiádate, por tanto, de mí, conforme hoy me doy cuenta de la propia inferioridad. Sé que no te será fácil comprender todo cuanto siento y me gustaría decirte, pero que se descolore en cuanto la emoción que me domina se viste de palabras para expresarte en forma de significados. Tú estás feliz, bien lo sé, porque no reaccionaste, no te desanimaste, no aceptaste mi ofensa. Ni podría ser diferente, porque, si lo fuese, eso demostraría un grado de pequeñez, que ya superaste con seguridad. Sigue, por tanto, tu portentosa jornada, mirando para atrás y ofreciendo la mano para mí. A mi semejanza, muchos otros aguardan el despertar de la conciencia real, para intentar rehabilitarse en relación a sí mismos y a otros.
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Amigo: ¡Dios te bendiga! No es necesario que me expreses tu testimonio de perdón. Tu silencio durante todo este tiempo transcurrido me habla de manera elocuente al respecto de tu comprensión… Deseo, sin embargo, que sepas como estoy feliz por poder haber llegado a esta conclusión, a este momento, consiguiendo decirte, aunque en pocas palabras, lo que me va en el alma, rehabilitándome, por lo menos, un poco del mal que te hice… Ahora tengo paz, de alguna forma, aquella que se deriva del deber cumplido, del coraje de reconocer mi error y decirlo con franqueza y lealtad que todo lo haré a fin de rehabilitarme. Sí, a partir de este momento, seré un Espíritu nuevo, renacido en el bien, adquiriendo salud y renovándome para recomenzar mi proceso de crecimiento para Dios.
Espíritu Joanna de Ângelis Página psicografiada por el médium Divaldo Pereira Franco, el día 10 de abril del 2006, en Loulé, Portugal
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