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El enfermo grave PDF Imprimir E-mail
Francisco Cândido Xavier
Escrito por Administrador   
Miércoles, 16 de Junio de 2010 15:07

Un alma atormentada de Madre, conducida al Cielo, en las alas bendecidas del sueño, tropezó ante las resplandecientes visiones del Paraíso. Un ángel solicito la recibió en el pórtico.

-Ángel amigo- dijo ella en voz suplicante- , soy madre en la Tierra y tengo dos hijos. Ruego para ambos las bendiciones de Dios, generosas y augustas.

El mensajero anotó las peticiones y, observándole el desvelo fraternal, la mujer afligida acrecentó ansiosamente:

-Vengo hasta aquí a pedir, en particular, por uno de ellos que, desde hace mucho tiempo, se encuentra gravemente enfermo, entre la vida y la muerte. Todo mi cariño, todos los recursos médicos han sido ineficaces. No puedo tolerar, por más tiempo, las lágrimas dolorosas que me afligen el corazón. Dígnese el Todopoderoso, por vuestro intermedio, concederme la gracia de ver restituida su salud.

El emisario de las Esferas Superiores pensó un instante e interrogo:

-¿Cuál de tus dos hijos se encuentra más unido a Dios?

-Mi pobre hijo enfermo -respondió la recién llegada-, pues medita en la grandeza del Padre Celeste, día y noche. Es con Su nombre que se somete a los remedos amargos y es esperando en el Señor que ve despuntar cada aurora. En el sufrimiento que le debilita las fuerzas, se dirige al Cielo con tamaño fervor que se le presente, de manera inequívoca, para la ligación con el Padre Amoroso e Invisible.

-¿Y el otro? - pregunto el mensajero divino.

-Ese - esclareció la mendiga, un tanto confundida, cual si fuera imposible disimular- es un hombre feliz en los negocios del mundo. Como es favorecido de la suerte, parece no sentir necesitar de procurar el socorro de la Providencia Divina…

-¿Cuál de ellos entiende el sublime significado del trabajo? – interpeló el emisario nuevamente. El enfermo, aquejado de inmovilidad, guarda profunda comprensión, con respecto a las virtudes excelsas del espíritu de servicio. Se refiere, constantemente, a los bienes del esfuerzo y edifica cuantos le oyen la palabra, tocada de dolorosas experiencias.

-¿Y el otro?

-Tal vez por el género de vida a que se consagra dejó e ver las bellezas de la propia acción. Disponiendo de muchos servidores, descansa con los trabajos ajenos. No conoce el radiante convite de la mañana, porque se levanta del lecho demasiado tarde, en los hoteles de lujo, y permanece extraño a las bendiciones de la noche, una vez que el cuerpo, saciado en opíparas mesas y extravagantes, no le confiere oportunidad de sentir las sugestiones santificadoras de la Naturaleza.

-¿Cuál de ellos percibe el imperativo de confraternización con los hombres, nuestros hermanos? – volvió el mensajero sonriendo, bondadoso.

-El que está preso por la enfermedad angustiosa recibe a los amigos de cualquier posición social, con indisfrazable reconocimiento. Recoje las expresiones de cariño con lágrimas de alegría saltándole de sus ojos. Se emociona con la menor gentileza de que es objeto y parece tener, ahora, un lazo de amor fuerte y sincero, aun mismo con aquellos que, en otro tiempo, fueron enemigos o perseguidores.

-¿Y el otro?

-Los favores del mundo – comento noblemente la palabra maternal – le aíslan la personalidad, a distancia de los júbilos domésticos, en círculos restrictos y fantasiosos o en las regiones elegantes, en donde circulan fortunas iguales a las de él. Asediado por los empeños del mundo social, cuyas ideas se modifican por efecto del viento, nunca encuentra tiempo necesario para sondear los sentimientos afectivos de los compañeros que el Cielo le envió a la senda común.

El ángel atento paso a reflexionar, con gran interés, y argumento, de nuevo:

-¿Para cuál de ellos ruegas la bendición de Dios, en particular? - a favor del pobrecito que agoniza en el lecho – informó la ternura materna.

El enviado de la Providencia la miró con extrema bondad y concluyó con sabiduría:

-¡Vuelve a la Tierra y reconsidera las actitudes de tu cariño! El enfermo del cuerpo va muy bien; ya entiende la necesidad de la unión con el Divino Padre y lo que distingue, en verdad, a los hombres unos de los otros, es el grado de sus relaciones con la vida más alta. Renueva, pues, los votos de tus oraciones ardientes, porque el enfermo grave es el otro.

Por el espíritu X

Médium: Francisco Cândido Xavier.
Extraído del libro "Puntos y cuentos"