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Estas prácticas y grandiosas definiciones, ¿concuerdan con lo que sabemos de positivo sobre el Universo? Sí, pues sucesivamente la lente, el telescopio y la fotografía nos han hecho penetrar siempre más lejos en los campos del infinito. Durante siglos, nuestros padres se han imaginado que la creación se limitaba a la tierra que ellos habitaban y que creían plana. El cielo no era más que una bóveda esférica a la que estaban adheridos puntos brillantes llamados estrellas. El Sol aparecía como una antorcha movible destinada a distribuir la claridad; nosotros éramos los únicos habitantes de la Creación, hecha especialmente para nuestro uso. La observación permitió más tarde reconocer la marcha de las estrellas; la bóveda celeste se desplazaba arrastrando con ella todos los puntos luminosos; después el estudio de los movimientos planetarios y la fijeza de la estrella polar condujeron a Thales de Mileto a reconocer la esfericidad de la Tierra, la oblicuidad de la eclíptica y la causa de los eclipses.
Pitágoras conoció y enseñó el movimiento diurno de la Tierra sobre su eje, su movimiento anual alrededor del Sol y relacionó los planetas y los cometas del sistema solar. Estos conocimientos precisos datan de 500 años a. JC., pero al no ser conocidas estas verdades más que por raros iniciados, fueron olvidadas, y la masa continuó siendo juguete de la ilusión. Fue preciso llegar a Galileo y al descubrimiento del anteojo en 1610, para que esas justas concepciones vinieran a rectificar los antiguos errores. Desde entonces, el Universo aparece como lo que realmente es. Se reconoce que los planetas son mundos semejantes a la Tierra, y muy probablemente habitados; el Sol no es más que un astro entre tantos otros; el telescopio permite distinguir las estrellas y las nebulosas diseminadas a distancias incalculables en el espacio sin límites; en fin, la fotografía, conquista del genio humano, permite, con la ayuda de los más poderosos instrumentos, revelar la presencia de mundos que el ojo humano jamás había contemplado. Las placas fotográficas que se preparan hoy, no sólo son sensibles a todos los rayos elementales que excitan la retina, también extienden su poder a las regiones ultravioleta del espectro y a las regiones opuestas del calor oscuro (infrarrojo), donde la vista permanece impotente.
Es así como los hermanos Henry han observado estrellas de 17ª magnitud, las cuales no habían sido jamás vistas por la mirada humana, y han descubierto también una nebulosa, invisible a causa de su distancia de las Pléyades. A medida que se extienden nuestros procedimientos de investigación, la naturaleza retrocede los límites de su imperio. Allí donde los más poderosos telescopios no revelaban en un rincón del cielo más que 625 estrellas, la fotografía nos da a conocer 1.421. Así, pues, en ninguna parte el vacío, por doquier se desarrolla las creaciones en número indefinido. Las insondables profundidades del Universo fatigan la imaginación más ardiente por su inmensidad; pobres seres sujetos a un imperceptible átomo, no podemos elevarnos hasta esas sublimes realidades.
Llegamos a idénticos resultados cuando queremos evaluar el tiempo. Los períodos cósmicos nos aplastan bajo su formidable amontonamiento de siglos. Escuchemos todavía a nuestro instructor espiritual. “El tiempo, como el espacio, es una palabra definida por sí misma; nos formamos de él una idea más justa estableciendo su relación con el todo infinito. “El tiempo es la sucesión dejas cosas; está ligado a la eternidad de la misma manera que esas cosas están ligadas a lo infinito. Supongámonos en el origen de nuestro mundo, en aquella época primitiva en que la Tierra no se balanceaba todavía bajo la impulsión divina; en una palabra: en los comienzos del génesis. “Allí, el tiempo no ha salido aún de la misteriosa cuna de la naturaleza, y nadie puede decir en qué época de siglos estamos, puesto que el medidor de los siglos no ha entrado en acción. “Pero, ¡silencio! La primera hora de una Tierra aislada suena en el timbre eterno; el planeta se mueve en el espacio y desde entonces hay tarde y mañana. Más allá de la Tierra, la eternidad resta impasible e inmóvil, aunque el tiempo marche para muchos otros mundos.
Sobre la Tierra, el tiempo la reemplaza, y durante una serie determinada de generaciones, se contarán los años y los siglos. “Transportémonos ahora al último día de este mundo, a la hora en que, encorvada bajo el peso de la vetustez, la Tierra se borrará del libro de la vida para no reaparecer más. En ese momento, la sucesión de los acontecimientos se detiene, los movimientos terrestres que medían el tiempo se interrumpen y el tiempo acaba con ellos. “Tantos mundos en la vasta extensión, tantos tiempos diversos e incompatibles. Pero más allá de estos mundos, sólo la eternidad reemplaza esas sucesiones atómicas y llena tranquilamente con su luz inmóvil la inmensidad de los cielos. Inmensidad sin límites y eternidad sin fin, tales son las dos grandes propiedades de la Naturaleza Universal. “El ojo del observador que atraviesa, sin encontrar jamás reposo, las distancias inconmensurables del espacio, y el del geólogo que se remonta más allá del límite de las edades o que desciende a las profundidades de la eternidad en que se perderán un día, obran en concierto, cada uno por su camino, para adquirir esta doble noción del infinito: extensión y duración.”
Estas enseñanzas también las confirma la ciencia. A pesar de la dificultad del problema, los físicos y los geólogos han intentado evaluar los innumerables períodos de siglos que han transcurrido desde la formación de nuestra Tierra, y las más pequeñas evaluaciones muestran cuán infantiles eran los seis mil años de la Biblia. Según sir Carlos Lyell, que ha utilizado los métodos empleados en geología, los cuales consisten en evaluar la edad de un terreno según el espesor de la capa depositada y la rapidez probable de su erosión, a consecuencia de numerosas observaciones hechas sobre distintos puntos del globo, más de trescientos millones de años han transcurrido desde la solidificación de las capas superficiales de nuestro esferoide. Los experimentos del profesor Bischoff acerca del enfriamiento del basalto, dice Tyndali (1), prueban que para enfriarse de 2.000 grados a 200 grados centígrados, nuestro globo ha necesitado aproximadamente 350 millones de años. En cuanto a la longitud del tiempo exigido para la condensación que ha debido sufrir la nebulosa primitiva, desafía enteramente nuestra imaginación y nuestras conjeturas. (2) La historia del hombre no es más que una arruga imperceptible en la superficie del inmenso océano del tiempo. Abordemos ahora el estudio de nuestro planeta y veamos cuáles son los datos de los espíritus acerca de la materia y la fuerza.
1 Tyndall, La chaleur. 2 Se sabe que el diámetro del sol era primitivamente el de la nebulosa misma. Para formarse una idea del calor engendrado por el fenómeno colosal de la condensación, basta recordar que se ha calculado que si el diámetro del sol se redujese en la diezmilésima parte de su valor, el calor engendrado por esta condensación bastaría para sostener durante 21 siglos la irradiación actual, que es igual, anualmente, al calor que produciría la combustión de un lecho de hulla de 27 kilómetros de espesor, que cubriera completamente el sol. Si la disminución de 1/100000º del disco solar corresponde a 21 siglos de irradiación, se ve el número formidable, gigantesco, de siglos que ha empleado la nebulosa solar para reducirse al volumen actual de nuestro astro central.
Gabriel Delanne Extraído del libro "El alma es inmortal"
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