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El sondeo de la muerte por los vivos viene desde la más remota Antigüedad. A través de las manifestaciones paranormales espontáneas o provocadas, videntes y profetas, místicos cristianos, sutis mahometanos, pitonisas griegas, hebreas y romanas, magos babilónicos, xanãs de las regiones árticas, hechiceros africanos, pajes de los trópicos y así por delante se empeñaron en el espionaje posible de la muerte. Ya que todos moriremos, será natural el interés de los vivos por lo que nos espera en el reverso de la vida. Los espías de la muerte siempre se mostraron misteriosos y sofisticados, sirviéndose de actitudes y prácticas que los distinguían del común de los hombres. Y como las facultades paranormales están sujetas a las variaciones del humor orgánico, surgieron entre ellos los barberos egipcios, sumerianos, árabes y chinos, cultivadores de malabarismos y trapacerías, encantadores de serpientes y evocadores de espíritus por medios pitónicos.
Toda esta farándula de escamoteadores llevó a los videntes y profetas auténticos al descrédito. Las Ciencias en desenvolvimiento repelieran en nombre de la razón a esta turba de delirantes profesionales y las religiones maldijeron a los que no ejercían estas funciones en los recintos sagrados, donde se hacían exclusivamente milagros de esta especie. Dante Alighieri rearguyó el prestigio de los videntes con las revelaciones espantosas de su espionaje secreto (puesto que poeta es profeta) y por las manos de Beatriz recorrió los caminos de la diosa Hécate, especie de inspectora de los reinos celestes e infernales, ofreciendo al mundo la versión católica medieval de las regiones de luz y sombra. Aumentó en las Iglesias el espionaje del Más allá y Shakespeare llevó a los palcos sus geniales escenificaciones de fantasmas vengativos.
Ya entre los griegos habían ocurrido cosas semejantes, y en la Guerra de Troya las videncias proféticas de Casandra sembraron el terror de las profecías nefastas. Viene de lejos el prestigio y el temor de los agoreros excitando los dones paranormales legítimos e incentivando las trapacerías de los aventureros. En esta situación multimilenaria de ambivalencia tenemos la mayor prueba de la naturalidad y permanente ocurrencia de estos fenómenos, y al mismo tiempo la prueba de su normalidad, como manifestaciones inherentes a la misma naturaleza humana. La designación científica de paranormal para este tipo de manifestaciones revela el excesivo escrúpulo de las Ciencias en relación a los problemas que amenazan sus esquemas rígidos de una realidad que aún está lejos de abarcar en su totalidad. En lo tocante apenas al hombre, a la naturaleza humana, los trabajos de científicos eminentes como Richet, Crookes, Lodge, Zöllner y tantos otros causaron estupefacción y provocaron reacciones brutales en el medio científico, lo que demuestra una mentalidad cerrada y precientífica. El caso de la Parapsicología es otra prueba, y esta reciente, de la aversión de la mayoría de los científicos por los nuevos descubrimientos. Mas esta mentalidad, que Remy Chauvin llamó alergia al futuro, ya no está pudiendo resistir al impacto de los tiempos actuales. No obstante el misoneísmo de las academias y otras instituciones del género, las Ciencias avanzaran con tal rapidez en este siglo que no podrá más detener su marcha. Las exigencias tecnológicas y hasta también el aumento poblacional y las exigencias bélicas empujaron a las Ciencias más allá de sus estrechos sistemas, forzándolas a perseguir objetivos reales. En el siglo pasado el sabio Swedenborg, médium vidente y ectoplasmático, almorzando con el filósofo Kant en Alemania, vio y le describió el incendio de su propia casa en Estocolmo. Kant dudó de la veracidad del hecho, que podía ser simple producto de alucinación. La noticia probatoria demoró en llegar a Alemania, mas acabó llegando con los pormenores descritos por Swedenborg. Kant establecía la más rígida línea demarcante para los límites de la Ciencia, afirmando el principio de la imposibilidad de la Ciencia más allá de la materia. Y esto pasaba con un hombre como Kant. Lombroso acusaba a Richet, en vehementes artículos de prensa, de devolver a la Ciencia a la superstición, con sus pesquisas metapsíquicas, y solo comprendió su error después que su madre se materializara en sesión con Eusapia Paladino y él pudo tomarla en sus brazos. Rhine fue acusado de fraude en su control estadístico de las experiencias parapsicológicas y tuvo que recurrir a dos congresos científicos para probar, a través de exámenes de las comisiones competentes, que los controles estaban correctos. Para negar los trabajos de Crookes, inventaron que él se enamoró de la médium Florence Cooke, puesto que hiciera un poema alabando la belleza de Katie King, el espíritu que se materializaba en sus sesiones experimentales. Todos estos hechos, y muchos otros, revelan el bajo nivel de una mentalidad pseudo científica, aún inmersa en los tiras y jalas de las fases escolares. Por esto declaró Kardec que los hombres más eminentes del planeta revelan a veces una liviandad que nos espanta, en el trato con los más graves problemas. Los títulos académicos y las cátedras absolutistas hacen subir la mosca azul a la cabeza de los doctores que se creen muy seguros en su sabiduría, como si tuviesen en las manos todos los secretos de la vida y de la muerte. Fueron hombres de este tipo universitario patronizado, dominados por el fetichismo de los sistemas y de las reglas inviolables, como los clérigos a sus dogmas, que intentaron e intentan, hasta hoy, aplastar con los pies, como cucarachas indefensas, las más fecundas conquistas de científicos independientes. Felizmente la Ciencia no está subordinada a estas igliesillas obstinadas y grandes figuras del panorama científico tuvieron el coraje moral de enfrentarlos en defensa de la verdad. Los videntes y los médiums sinceros, aunque ultrajados, perseguidos, ridicularizados, muchas veces apresados y condenados, nunca se atemorizaron frente a estos sabiduchos (como Richet los llamó) y por todas partes anticiparon las conquistas científicas con sus previsiones. Se tornaron los espías de los reinos prohibidos y fueron secundados por los golpeadores atrevidos que no solo espiaron de lejos los misterios ocultos, sino que también penetraron en estos reinos para traer a nuestro mundo oscuro, no el fuego del Cielo robado por Prometeo, sino las luces de la vida inextinguible que continúan encendidas más allá de las lápidas de los cementerios. Estos golpeadores audaces no temieron desprenderse de los cuerpos mortales sin morir, para invadir los reinos prohibidos. Kardec, en su extrema prudencia de hombre de ciencias, no aprobó estas aventuras, pero reconoció el valor de las que eran legítimas. Prefirió los métodos fríos de la pesquisa objetiva, calentándolos con el calor del amor por la Humanidad, y creó los métodos específicos de la pesquisa espírita, adecuados al objeto de la nueva Ciencia. A través de ellos, se anticipó a los descubrimientos tecnológicos de hoy, como la naturaleza extrafísica del pensamiento y de la mente, la constitución plasmática del cuerpo espiritual, los medios de comunicaciones con el mundo invisible, la pluralidad de los mundos habitados, la naturaleza cósmica y no apenas planetaria de la Humanidad, la posibilidad de la acción mental sobre la materia y de la posibilidad de comunicación con los espíritus de criaturas muertas, de apariciones intangibles y también las apariciones tangibles de los espíritus, la necesidad evolutiva de las reencarnaciones, el problema del ectoplasma, que hasta hoy aturde a los sabios de sabiduría escasa, y así por delante. Aún hace poco uno de estos sabios declaró a la prensa que los fenómenos de materialización de espíritus es hoy teóricamente posible, mas en la práctica es imposible, pues, para que se produzca la materialización de una criatura humana mediana precisaríamos de doscientos años de producción de energía. Kardec ya había respondido a esta objeción hace más de un siglo, cuando explicó que la materialización no es un fenómeno físico, sino fisiológico. Ninguno puede producir un fenómeno de materialización, aunque con la producción de energía eléctrica durante un milenio, si no dispusiere del plasma específico emanado del cuerpo espiritual de un médium. El plasma físico, cuarto estado de la materia, ya Descubierto por Crookes como materia radiante, fue ahora redescubierto por los científicos materialistas de la Universidad de Kirov, en la URSS, y sus efectos demostrados en experiencias sucesivas. Faltó a las Ciencias del planeta la humildad necesaria para comprender que hasta ahora solo se habían preocupado con el aspecto sensible de la Naturaleza (en términos platónicos) olvidándose del aspecto inteligible u espiritual. Toda la realidad se constituye de espíritu y materia, y el espíritu es el elemento estructurador de la materia. Este nudo gordiano que las Ciencias del mundo no pudieron desatar, prefiriendo cortarlo como hizo Alejandro, sin percibir que en este corte confesaban su potencia y caían en el abismo inexplicable de la muerte. La Ciencia Espírita desató pacientemente el nudo y por esto avanzó mucho más allá de la ilusa sabiduría de los sabios terrenos Esto no quiere decir que los espíritas hayan sido más cuidadosos, sino apenas que la humildad y la sensatez de Kardec los libraron de caer en la misma trampa-puerta. Como ya comprendiera Bacon, la Ciencia es un acto de obediencia a Dios. El científico podrá no creer en Dios, mas si no obedeciere sus leyes – que estructuran toda la realidad – nada podrá hacer. El comenzará por estudiar las leyes de cada campo de la naturaleza en que pretende actuar, y si no las conoce con precisión y no las obedece con rigor, jamás logrará sus objetivos. Repeler las manifestaciones para-normales, que siempre, en todas las latitudes de la Tierra y en todos los tempos se hicieran presentes y actuantes, por el presupuesto anticientífico de que no pasan de supersticiones populares, sería dar prueba de falta de sentido y de pretensión orgullosa. Negar la existencia de un poder creador y ordenador del Cosmos sería negar lo evidente. El pecado de las Ciencias materialistas no es el de la desobediencia, puesto que ellas no pueden desobedecer a Dios, sino el estúpido pecado del orgullo arrogante. En la hora individual de la muerte de cada uno, todos se curvan hacia el piso en obediencia a Dios. No hay Ciencia sin obediencia. Esta es la ley básica de todo el desenvolvimiento cultural. No será sensato ni científico negar la realidad en que estamos involucrados, en la cual vivimos y de la cual no podremos escapar. La cultura materialista no proviene del conocimiento, sino del equívoco. Y la finalidad de la Ciencia nada más será que deshacer los equívocos para llegar a la verdad. Las bravatas de los astronautas materialistas que dieron vueltas en la órbita de la Tierra y, al no encontrar a Dios, llegaron a la conclusión de que no existe no pasan de infantilidad. Esto prueba que el materialismo lleva al infantilismo cultural. De otro lado encontramos al infantilismo de las religiones dogmáticas y formalistas, que aceptan la existencia de Dios en forma humana, hacen de la criatura humana una Caperucita Roja en la Entrada del Bosque y nos asustan con la imagen del Diablo en forma de Lobo Malo. Los espías y los golpeadores de la muerte deshicieran las leyendas ingenuas que nos encantan en la infancia, pero al mismo tiempo nos mostraron que ellas corresponden a símbolos oníricos de realidades que deberemos identificar al amanecer como hombres. J. Herculano Pires Extraído del libro "Educación para la muerte"
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