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Las facultades del peri espíritu, sus medios de percepción y de separación, por muy desarrollados que estén en algunos sujetos, no pueden nunca, sin embargo, ejercerse en su plenitud durante el período de encarnación, es decir, durante la vida terrena. El peri espíritu está entonces estrechamente unido al cuerpo. Prisionero en esta envoltura espesa y oscura, no puede alejarse de ella sino por algunos momentos y en condiciones particulares. Sus recursos permanecen latentes; de eso procede la debilidad de nuestra memoria, impotente para remontarse al transcurso de nuestras existencias pasadas.
Devuelta a la vida espiritual, el alma recobra la completa posesión de sí misma; el peri espíritu recobra la plenitud de sus percepciones. Puede en lo sucesivo obrar de acuerdo sobre los fluidos, impresionar los organismos y los cerebros humanos. Ahí está el secreto de las manifestaciones espiritistas. Un magnetizador ejerce una acción poderosa sobre un sujeto, provoca su separación, suspende en él la vida material. Del mismo modo, los Espíritus o almas desencarnadas pueden, por la voluntad, dirigir corrientes magnéticas sobre ciertos seres humanos, influir en sus órganos y, por medio de su intermediario, comunicar con los habitantes de la tierra. Estos seres, especialmente puros, por la delicadeza y la sensibilidad de su sistema nervioso, en la manifestación de los Espíritus reciben el nombre de "médiums". Sus aptitudes son múltiples y variadas.
Los médiums son los sensitivos, los clarividentes, aquéllos cuya vista tapa la niebla opaca que nos oculta los mundos etéreos, y que, mediante un esclarecimiento, llegan a entrever aleo de la vida celeste. Los hay que tienen la facultad de ver a los Espíritus y de oírles la revelación de las leyes superiores.
Todos somos médiums, es verdad, pero en grados muy diferentes. Muchos lo son y lo ignoran. No hay hombres sobre los cuales no obre la influencia, buena o mala, de los Espíritus. Vivimos en medio de una multitud invisible que asiste silenciosa y atenta a los detalles de nuestra existencia y participa con el pensamiento de nuestros trabajos, de nuestros goces y de nuestras penas. En esa multitud han ocupado un puesto la mayor parte de los que hemos encontrado en la tierra y cuya vestidura gastada acompañamos hasta el cementerio. Parientes, amigos, indiferentes, enemigos, todos subsisten y son conducidos por la atracción de las costumbres y de los recuerdos hacia los lugares y hacia los hombres a quienes conocieron. Estos seres invisibles influyen en nosotros, nos observan e inspiran en nuestra descendencia, y, en algunos casos, incluso nos obsesionan y nos persiguen con su odio y con su venganza.
Todos los escritores conocen las horas de inspiración en que su pensamiento se ilumina con claridades inesperadas, en que las ideas brotan como un torrente bajo su pluma. ¿Quién de nosotros, en los momentos de tristeza, de anonadamiento y de desesperación, no se ha sentido a veces reanimado, reconfortado por una acción íntima y misteriosa? Y los inventores, los soldados del progreso, todos aquellos que luchan por engrandecer el dominio y el poder de la humanidad, todos ellos ¿no han sido beneficiados con el auxilio invisible que nuestros superiores saben proporcionarles en las horas decisivas? Escritores súbitamente inspirados, inventores rápidamente iluminados, son también médiums intuitivos e inconscientes. En otros, la facultad de comunicar con los Espíritus reviste una forma más clara, más acentuada. Unos sienten su mano impulsada por una fuerza extraña, y llenan el papel de consejos, de avisos, de enseñanzas variadas. Otros, ricos en fluido vital, ven agitarse las mesas bajo sus dedos, y obtienen, por medio de los golpes de estos muebles, comunicaciones más lentas, aunque más precisas y más propias para convencer a los incrédulos.
Algunos, sumidos por la influencia de los Espíritus en el sueño magnético, abandonan la dirección de sus órganos a los huéspedes invisibles, que usan de ellos para conversar con los encarnados como en la época de sus vidas corporales. Nada más extraño y más sobrecogedor que ver desfilar sucesivamente por la envoltura frágil y delicada de una dama, y aun de una muchacha, las personalidades más diversas, el espíritu de cualquier difunto, de un sacerdote, de un artesano, de una sirvienta, revelándose con las aptitudes características, con el lenguaje que les era familiar durante su existencia terrena
Frecuentemente, los Espíritus conocidos y queridos por los concurrentes llegan a afirmar su presencia y su inmortalidad, a prodigar a aquellos a quienes dejaron en el camino arduo de la vida las exhortaciones y palabras de aliento, a manifestarles a todos la finalidad suprema. ¿Quién podrá describir las efusiones, los transportes, los llantos de aquellos de quienes un padre, una madre o una esposa amada llegan, del seno de los espacios, para consolarlos y reconfortarlos con su afecto y con sus consejos?
Algunos médiums facilitan con su presencia el fenómeno de las apariciones, o, más bien, según una expresión consagrada, las materializaciones de los Espíritus. Estos prestan a los peri espíritus de dichos médiums una suficiente cantidad de fluido, se lo asimilan con la voluntad y condensan su propia envoltura hasta hacerla visible y, algunas veces, tangible. Algunos médiums sirven también de intermediarios a los Espíritus para transmitir a los enfermos y a los achacosos efluvios magnéticos que alivian y algunas veces curan a esos desgraciados. Esta es una de las formas más grandes y más útiles de la mediumnidad.
Muchas sensaciones inexplicables provienen de la acción oculta de los Espíritus. Por ejemplo, los presentimientos que nos advierten de una desgracia, de la pérdida de un ser amado, son causados por las corrientes fluídicas que los desencarnados proyectan hacia aquellos que les son queridos. El organismo percibe estos efluvios, pero rara vez el pensamiento del hombre trata de analizarlos. Hay, sin embargo, en el estudio y en la práctica de las facultades mediúmnicas un manantial de enseñanzas elevadas. No obstante, podría verse erróneamente en ellas privilegios o favores. Cada uno de nosotros, como hemos dicho, llevamos los rudimentos de una mediumnidad que puede desarrollarse al ejercerla. La voluntad, en esto como en tantas otras cosas, desempeña un papel muy importante. Las aptitudes de algunos médiums célebres se explican por la naturaleza particularmente sutil de su organismo fluídico, que se presta admirablemente a la acción de los Espíritus. Casi todos los grandes misioneros, los reformadores, los fundadores de religiones eran poderosos médiums, en comunicación constante con los invisibles, de los cuales recibían sus fecundas inspiraciones. Su vida entera es un testimonio de la existencia del mundo de los Espíritus y de sus relaciones con la humanidad terrena.
Así se explican -aparte exageraciones y leyendas- numerosos hechos históricos calificados de sobrenaturales y de maravillosos. La existencia del periespíritu y de las leyes de la mediumnidad nos indica con la ayuda de qué medios se ejerce, a través de las edades, la acción de los Espíritus sobre los hombres. La Egeria de Numa, los suefós de Escipión, los genios familiares de Sócrates, del Tasso, de jerónimo Cardan; las voces de Juana de Arco, las inspiraciones de Cévennes, la videncia de Prévost y otros mil hechos análogos, considerados a la luz del espiritualismo moderno, pierden para los ojos del pensador todo carácter natural y misterioso. Con estos hechos, sin embargo, se revela la gran ley de solidaridad que une a la humanidad terrestre con las humanidades del espacio. Emancipados de las trabas de la carne, los Espíritus superiores pueden apartar la espesa cortina que les ocultaba las grandes verdades. Las leves eternas se les aparecen libres de las sombras en que los sofismas y los miserables intereses personales las envuelven, en la tierra. Animados por un ardiente deseo de cooperar aún al movimiento ascensional de los seres, vuelven a descender hacia nosotros y se ponen en relación con aquellos humanos cuya constitución sensitiva y nerviosa les hace aptos para desempeñar el papel de médiums. Con sus enseñanzas y sus saludables avisos, trabajan, con la ayuda de tales intermediarios, por el progreso moral de las sociedades terrestres. Conviene hacer notar, sin embargo, que, en general, los médiums no comprenden bien, en nuestros días, la necesidad de una vida pura y ejemplar para entrar en comunicación con las altas personalidades del espacio. En la antigüedad, los sujetos -mujeres con preferencia- eran escogidos desde la infancia, educados cuidadosamente en los templos y en los recintos sagrados y rodeados de todo cuanto podía desarrollar en ellos el sentido de lo grande. Tales eran las vestales romanas, las sibilas griegas y las druidesas de la isla de Sein. Por el intermediario, se consultaba con los dioses o Espíritus superiores, y las respuestas eran casi siempre precisas.
Juana de Arco fue también un médium de este orden, al recibir las inspiraciones celestiales. Hoy, estas condiciones de pureza y de elevación de pensamiento son más difíciles de realizar. Muchos médiums padecen influencias materiales, hasta groseras, y llegan, incluso, a utilizar sus facultades con fines vulgares. De aquí el carácter inferior de algunas manifestaciones, la falta de protección eficaz y la intervención de Espíritus retrógrados. Leon Denis Del libro "Después de la muerte."
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