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El espírita y la cultura PDF Imprimir E-mail
Miguel Vivies
Escrito por Administrador   
Domingo, 19 de Julio de 2009 16:22

El Espírita tiene el deber de instruirse, de integrarse en la cultura de su tiempo. El Espíritu de la Verdad enséñanos un nuevo mandamiento, al declarar: Espíritas, amaros, es la primera enseñanza; instruiros, es la segunda. Kardec, a su vez, nos enseña que el Espiritismo se relaciona con todas las ciencias, y que sólo le fue posible aparecer, después que ellas se desarrollaron en el mundo.

La antigua ley, la del Viejo Testamento, era la ley de la justicia, dura y fría como la espada. Por eso, la Biblia está llena de matanzas, ordenadas por los propios profetas. La ley renovadora de Cristo, que modificó el mundo y todavía hoy continúa a transformar nuestros corazones endurecidos, era la ley del amor. La nueva ley que nos vino con la Nueva Revelación, con el Espiritismo, es la ley de la instrucción ¿Pues no es el Espiritismo nuestro gran instructor, aquel que nos recuerda las enseñanzas evangélicas, que nos las explica, que nos enseña de donde venimos, para dónde vamos y por qué estamos en la Tierra?

¿No es el Espiritismo el que nos consuela en nuestros dolores y en nuestros desesperos, no por una vaga promesa, mas por el conocimiento de nuestro destino? La enseñanza del Espíritu de la verdad, a la que nos referimos más arriba, está en el capítulo «El Cristo consolador». de El Evangelio según el Espiritismo. La enseñanza de Kardec, sobre la relación del espiritismo con las ciencias, está en el primer capítulo de «La Génesis». Aconsejamos la lectura de ambos, juntamente con este capítulo, para mejor y más amplia comprensión del problema. Porque hay espíritas que todavía no comprendieron casi nada del Espiritismo, y a pesar de en él encontrarse hace veinte, treinta o más años, continúan a pensar que no necesitan instruirse.

«Para mí, basta la fe», decíanos uno de esos hermanos, que cerraba los ojos delante de la luz de la Nueva Revelación. La fe, como todos sabemos, es una necesidad. Un hombre sin fe es una criatura inútil. En eso también Kardec tiene mucho para enseñamos, mostrándonos que existe la fe humana y la fe divina. Los propios descreyentes deben de tener fe en alguna cosa, si quieren ser útiles. Pero no podemos olvidar que la fe espírita no es ciega, no es impuesta por los otros, no debe prevalecer a pesar del absurdo en que por acaso pueda apoyarse. No, nada de eso. La fe espírita, como la definió Kardec, es la fe raciocinada, o sea, la fe iluminada por la razón. ¿Y de que luces dispondrá la razón, para con ella iluminar la fe, si no tenemos instrucción? La luz natural, apenas, es insuficiente para enfrentar los numerosos y complejos problemas que la descreencia ilustrada de nuestro tiempo levanta, sin cesar, contra el Espiritismo y contra todas las formas de fe. Claro que el espírita no precisa tornarse un sabio.

Sería bueno que todos pudiesen serlo, pero eso es imposible y sería contrario a la propia ley de evolución. Cada uno de nosotros tiene ya su rumbo evolutivo a seguir, en la fase en que nos encontramos. Pero si el espírita no precisa ser sabio, tampoco debe ser ignorante. ¿Cómo va él a mantener su fe, y con ella auxiliar a los que sufren la ceguera del ateísmo, del materialismo o de la más simple duda? Con artículos de fe, nadie convence más a nadie de la verdad espiritual. Estamos en la edad de la razón, en la fase racional de la evolución humana. Tenemos que cimentar nuestra fe en el conocimiento, si queremos que ella sea una luz para todos, y no apenas una lamparilla de uso particular. Así, vemos que el mandamiento del Espíritu de la Verdad: «INSTRUIROS», está directamente ligado al mandamiento de Cristo: «AMAROS». Pues, si nos amamos, es natural que deseamos la salvación de la fe para todos, y consecuentemente no podemos cerrarnos en nuestra cómoda ignorancia, en esa beatitud de la ignorancia, que caracterizó tantos beatos del pasado. No hay lugar para beatos en el Espiritismo.

Los que en él quieran permanecer deberán instruirse, libertándose de sus falsas ideas, de sus conceptos anticuados, de sus errores. Sin instrucción no podemos cumplir el mandamiento de amor al prójimo y del amor a Dios. ¿Pues, cómo amar a Dios sin comprenderlo, sin tener idea de su grandeza y de su naturaleza inteligente? ¿Y cómo amar al prójimo sin ayudarle a instruirse, a esclarecerse, a libertarse de las supersticiones, de las mentiras, de los falsos juicios?Todo espírita puede y debe instruirse. Cada cosa viene a su tiempo y, por tanto, de acuerdo con su época. En la antigüedad bíblica, los medios de instrucción eran casi nulos y los conocimientos muy reducidos. Dios nos mandó entonces la fría ley de la justicia, y por ella el profeta Elías hizo pasar a filo de espada los sacerdotes enemigos. En el tiempo de Jesús, en un mundo más evoluido, en el que el hombre se beneficiaba con mayor conocimiento y una más amplia comprensión de las cosas, Dios nos mandó la ley ardiente del amor, y los apóstoles la enseñaran a todos los pueblos, dando su sudor, su sangre y su vida por amor de todos. En los tiempos actuales, después del llamado Siglo de Oro de las ciencias, que fue el siglo XVIII, Dios nos manda la ley de la instrucción, y los espíritas deben cumplirla, para ayudar a la Tierra a subir en la Escala de los Mundos. Hoy, la instrucción se difunde en la Tierra por todos los medios, y el espírita exclusivamente no se instruirá si no lo quiere.

Es evidente que cada cual tiene su propia medida. Unos podrán instruirse más, otros menos. Unos tendrán mayores posibilidades y llegarán hasta las cátedras de la sabiduría mundana, para iluminarlas con la sabiduría divina del Espiritismo. Otros dispondrán de pequeñas posibilidades, y aprenderán lo suficiente para enseñar a los que saben menos. Las instituciones espíritas, por una vez, deben convertirse en verdaderas casas de instrucción, no solamente evangélica y doctrinaria, más de cultura general. Los Centros pueden mantener escuelas superiores y fundar Universidades. Porque la Universidad Espírita es la nueva luz que debe lucir en el mundo de la cultura. Muchos dicen que no debemos de crear una especie de cultura aislada, a través de escuelas que separen los espíritas de los demás. Más la escuela espírita no será ni podrá ser sectaria. Será la escuela de todos, ofreciendo a todos la nueva cultura que el Espiritismo viene a implantar en la Tierra.

Las escuelas del mundo, como sabemos, enseñan el materialismo, al lado del dogmatismo religioso. Difunden conocimientos y supersticiones en mezcolanza, sembrando el ateísmo. ¿A esa cultura que lleva la ceguera espiritual es que los espíritas deben confiar sus hijos y las generaciones futuras? No. Es deber de los espíritas, como fue deber de los judíos en su tiempo y deber de los cristianos en su tiempo, crear una nueva modalidad de instrucción y preparar el mundo para una nueva cultura. Y eso sólo puede ser realizado a través de la escuela espírita, que no desvirtuará el conocimiento humano en favor del materialismo o del dogmatismo religioso, más lo iluminará con la verdadera luz del conocimiento espiritual. La enorme facilidad de difusión de la cultura, que caracteriza a nuestro tiempo, puede ser un medio de envenenar y pervertir generaciones, como aconteció en varios países, llevados a la deshumanización y a la brutalidad, delante de nuestros ojos, o puede ser un medio de esclarecer y orientar generaciones, como hace el Espiritismo con los que de él se aproximan. ¿Tendremos el derecho de dejar que se procese el envenenamiento colectivo? No, puesto que tenemos en nuestras manos el tesoro de la cultura espírita, y es nuestro deber de amor y fraternidad distribuirlos a todos.

En conclusión: El espírita no tiene el derecho de acomodarse en la butaca de la fe ingenua y simplista: su deber es estudiar y esclarecerse cuanto a los principios de su propia doctrina; la fe raciocinada exige el desarrollo de las potencialidades de la razón, lo que sólo puede ser hecho por medio de la instrucción; para amar y auxiliar al prójimo, el espírita no puede estacionar en la ignorancia: precisa aprender, adquirir conocimientos, instruirse.

Miguel Vives

Extraído del libro "El Tesoro de los Espíritas"