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Psicografia
Escrito por Administrador   
Viernes, 29 de Enero de 2010 15:55

En el centro de las verdades universales esta el conocimiento de la vida espiritual.

Seamos benditos del Todopoderoso:

Vuestro guía Demeure me ha per­mitido que os dirija unas palabras en torno a la VERDAD. Perdonar los errores o falta de dicción que pueda cometer en mi exposición. La VERDAD; queridos hermanos, ha sido siempre combatida, tergiver­sada y en ocasiones ocultada, porque ha sido y es el escudo, el dique, la fortaleza donde se han estrellado la maldad, el egoísmo y la sinrazón. La Verdad ha sido, en fin, el temor que han tenido los que mal piensan, los que tienen ideas torcidas y quienes realizan actos reprobables. Por otro lado, la Verdad ha sido la antorcha lumínica que en los horizontes ha iluminado de una manera perfecta y precisa el camino a las humanidades y ha sido también el báculo en el que se han sostenido las Santas Religio­nes.

La Verdad, en una palabra, es atributo Divino y, por consiguiente, SANTA. Por ello, queridos hermanos, la Verdad debe regir y guiar todos vuestros pensamientos y vuestras acciones. En el centro de las verdades universales está el conocimiento de la vida espiritual o Ciencia del Espíritu, sin mistificaciones, sin preámbulos falsos ni pantomimas ridículas. Esta Ciencia, estudiada, catalogada, razonada y asimilada convenientemente por hombres rectos y de buena volun­tad, cambiará la trayectoria peligrosa que ha tomado la humanidad.

Los materialistas han sido en todas las épocas los mayores enemigos de lo espiritual, porque no conciben que exista esa llama eterna que pro­gresa y se engrandece practicando el bien, la abnegación, el sacrificio, la virtud y el amor. Todos los que estudiáis esta Ciencia, los que de una manera razonada y objetiva escucháis las enseñanzas y consejos del más allá; los que tenéis en vuestro corazón el convencimiento firme de la existencia eterna del alma, tenéis, aunque no lo creáis, una mayor fe que los demás, porque estáis basados en una razón lógica, sustentados en un pedestal que, como divino, tiene que ser firme, y los vendavales no lo pueden destruir, y porque estáis apoyados en una Verdad Absoluta, ya que si no hay espíritu, no hay inteligencia; si no hay inteligencia, no hay soplo divino, que es la quinta esencia de Dios. Sí, hermanos, si no hay espíritu, no hay vida ni razón de vivir, de saber, de estudiar, de hacer el bien ni de progresar en pos de la Gran Verdad.

El espíritu es ley Divina, es el soplo bendito de Dios, por el cual os habéis convertido en seres pensantes que inves­tigáis lo que sois, de dónde venís y a dónde podéis ir. Es la Verdad abso­luta porque la razón lógica de hoy y vuestra ciencia mañana lo aceptarán plenamente. No importa que todavía traten de desvirtuar su realidad, su eternidad y su dirección en todos los acontecimientos universales, porque muy pronto se generalizarán los estudios de las Leyes espirituales y su conocimiento abrirá las puertas a la propagación y aceptación de la comu­nicación espiritual, que es una Verdad emanada de Dios. Por consiguiente, queridos hermanos, practicar el conocimiento de las Leyes espirituales con la mayor profundidad y objetividad, apoyándoos siempre en la inquebrantable fe de la razón.

Ser siempre justos, no juzgar a nadie, porque ¿quiénes sois vosotros para juzgar cuando habéis de ser todos juzgados? Que os falte tiempo en vuestra fugaz vida en el plano material, para bendecir la justicia infinita de Dios. Amaos sinceramente los uno a los otros, porque eses es el emblema del verdadero cristiano. Uníos en todos los actos; en el dolor mas que en otras ocasiones. No importa que lloréis, no importa que el dolor invada vuestra alma; sufrirlo con abnegación y paciencia porque son los escalones que os conducirá a la verdadera felicidad, ya que todo conducen a Dios. Perdonar si os he molestado con mis torpes palabras. Que Dios nos bendiga a todos. Y conforme a las Leyes de Dios, porque en ellos tenéis todos las bases para vuestra perfección, vuestra purificación y vuestro consuelo. Si así lo hicierais, vuestro mundo se convertiría en un lugar privilegiado de paz, amor y armonía incomparables. Tener esos códigos en vuestras manos siempre para que os sirvan de báculo en todas vuestras decisiones y para que cuando os halléis contritos, recordéis las sublimes frases que nos dictó, por orden de Dios, nuestro Maestro JESÚS.

Si los cumplís fielmente, cuando lleguéis al tránsito veréis la luz de la razón con toda su magnitud, su poder y sabiduría y recordaréis con satisfacción los sinsabores y sacrificios, porque gracias a ellos habréis obtenido una gran recompensa. No dejéis pasar los momentos de vuestra fugaz existencia en la tierra sin hacer el bien y alabar a Dios, Su Poder, Su Luz y Su bondad infinita. Deteneos a observar cómo Su obra lo abarca todo en infinidad de creaciones que el hombre aún no ha podido descubrir y admirar, pero que están allí a la espera de que las descubra. Ser, hijos míos, ardientes discípulos del Maestro y saber que todo lo que pensamos y hacemos lo ve Dios con Su misericordia infinita. La grandeza de Sus obras, la magnitud de Sus creaciones y las radiaciones de Sus incomparables luces iluminan vuestros espíritus cuando en ellos se elaboran pensamientos nobles, desinteresados y llenos de amor; cuando vuestros corazones laten llenos de una fe inquebrantable os convierte en héroes; pero héroes para dignificar a Dios en todos los momentos de vues­tra vida.

Amaos mucho los unos a los otros: Es un mandamiento del Padre Celestial. Sois hermanos de la familia universal y eterna. No sois herma­nos, padres, hijos o amigos de una sola encarnación, sino que estáis unidos en virtud de muchos hechos y etapas que juntos habéis vivido. Cuando estéis elevando en silencio esas plegaria al Altísimo (que todas son oídas), poner en ellas el entusiasmo místico y sublime de vuestro corazón, vuestro entendimiento y vuestra fe. Saber que sois hijos de Dios y que como tales habéis de responder con vuestro proceder a Su amor, a Su obra, a Su justicia y a Sus Leyes.

Ser siempre justos, mansos de corazón, no adular nunca y practicar la caridad en silencio para que tenga el mérito que el Padre desea y podáis recibir la recompensa a que seáis merecedores.

Jaén, 18 de enero de 1957

Extraído del libro "Desde la otra vida"